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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Si tú quieres, puedes curarme (Mc 1,40-45)
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Lectura

“Si tú quieres, puedes curarme”, le dice el leproso a Jesús. Y el Señor responde: “¡Sí quiero: Sana!”. El Evangelio expresa el “querer” de Jesús, que atiende con intensa compasión la desgracia humana. Tan clara es su voluntad, que al repugnante padecimiento de la piel responde extendiendo la mano y tocando con ella al enfermo. Y éste inmediatamente queda limpio de la lepra.

Meditación

La mano de Jesús toca mi herida. ¡Cuántas veces quisiera ocultar la enfermedad a los ojos inquisidores de los hombres! La enfermedad del alma es el pecado, que pudre la carne con su implacable lógica. Pero el Señor no retira de mí su mirada, ni aleja su pulso de las manchas que me afean. Aunque yo mismo las miro con desagrado, Él se detiene ante mi súplica. “Si tú quieres…” “¡Sí quiero!” Así es el admirable diálogo de la salvación. La imploración consciente de la impureza humana alcanza siempre la entraña misericordiosa de Jesús, que no desdeña la llaga sino, admirablemente, la toca. Quiere salvarme de la enfermedad y, para hacerlo, me toca. Su tacto medicinal me habla de su misterio. El Hijo de Dios se hizo hombre para tener una mano que me alcance con su caricia. Y, como nos lo presenta el evangelista san Juan, después de la Resurrección invitó Él mismo a Tomás a que tocara las heridas transfiguradas de su cuerpo glorioso. El amor salvífico es un contacto mutuo, en el que el dolor, la sangre y la muerte pierden su apariencia trágica gracias a la compasión divina.

Oración

Jesús, si tú quieres, puedes curarme. Aquí tienes mi verdad: está en mí el noble rasgo de tu imagen, según la cual me creaste, y la marca inconfundible de tu amor, con la que me sellaste el día de mi bautismo; pero también llevo en la piel la fatiga de tantos esfuerzos inútiles y las cicatrices amargas de los pasos equivocados. La vergüenza me mueve a cubrir la enfermedad. Pero ante ti, médico supremo, no tengo por qué ocultarme. Mira, Señor, lo que he hecho con la tersura que me diste en la infancia. Y, sin embargo, me atrevo a llegar a tu presencia con la esperanza del leproso: Tú puedes curarme. Sólo tú puedes hacerlo. En la Cruz venerable descubro el punto en el que has querido asociarme a tu perdón, y por ello me atrevo a suplicarte: Que tu mano, Señor, me toque, y que al sentir su roce mi carne se haga más blanca que la nieve.

 

Contemplación

“¡Sí quiero!”, me repite Jesús con su voz de paz. “¡Sana!” Y la conversión se verifica. Toda la piel tiene el renovado vigor de la unción del Espíritu. El dedo de Dios me ha alcanzado. Su caricia me ha transformado. La certeza de su amor me conmueve profundamente y me impulsa a la alabanza. No lo puedo callar: El Poderoso ha hecho cosas grandes en mí. Un sentimiento intenso de gratitud me inunda. No lo merezco. Pero Él ha querido tocarme. Y me ha sanado.

Acción

El salmo reconoce dichoso a aquel que ha sido absuelto de su culpa y su pecado. Transmitir el gozo del perdón es un deber del cristiano. Muchos hermanos a mi alrededor han perdido la esperanza de poder ser transformados. A ellos soy enviado como mensajero y testigo de las obras buenas del Señor.

Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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