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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina
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Lectura del Santo Evangelio
Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” Mc 4, 35-41

Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Mc 4, 35-41
P. Julio César Saucedo

¿Qué me dice el texto?
Este pasaje evangélico presenta como escenario el lago de Galilea, bajo un conjunto de elementos que no podemos ignorar; pues este texto se configura como una instrucción catequética. Veamos cada uno de estos elementos: 
“Vamos a la otra orilla del lago”. El viaje de Jesús tiene un trasfondo importante, a saber, Él quiere entrar en un territorio pagano de la llamada Decápolis, específicamente a un lugar que se llama Gerasa. Las personas de este lugar eran despreciadas por los judíos, ya que por su paganismo, eran consideradas impuras según los cánones de la ortodoxia judía. Jesús, entonces, se dirige a este lugar para contactar con quienes han sido excluidos de la salvación. Él no prefiere los lugares seguros para anunciar la Buena Nueva, como tampoco se instala en la comodidad de una vida sedentaria. Él se pone en camino para dar vida. 
“Se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca”. Un dato extraño que aparece en el texto consiste en que los discípulos, que habían sido pescadores, no previnieron la tempestad; mas aún, son sugestivos los elementos que ponen en riesgo la barca: el mar y el viento impetuoso; uno que simboliza la sede de las potencias maléficas y el otro, el caos mortífero. Mientras que la barca puede aludir a la Iglesia misma. 
“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Este es otro elemento que desconcierta: Jesús duerme bajo un escenario contrario, podríamos decir, de muerte. Mas, el dormir de Jesús denota, ante todo, la plena confianza en el Padre  (Sal 4,6). Pero también, paradójicamente, es Jesús quien se abandona en los discípulos que guían la barca. En última instancia, se puede decir, que no somos nosotros quienes confiamos en Él, sino que es Él quien se confía en nuestras pobres manos. Esta pregunta de los discípulos yace en un momento de derrota: ellos se sienten ya perdidos, derrotados e impotentes. 
“Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar ‘¡Cállate, enmudece!’”. Los verbos “reprendió” – “cállate” – “enmudece”, son típicos de un exorcismo. Pero, el acento de esta escena no está en la eficacia del poder de Jesús, sino en la dureza de corazón de los discípulos. Tener fe, en este contexto, significa estar con Cristo para vencer la duda, el miedo; no dejarse estrangular por la angustia, la soledad o la impotencia. Jesús, aunque parece que está durmiendo, en realidad está velando como el Custodio de Israel  (Sal 120,3-4). La cuestión es: Él se abandona en nuestras manos, y nosotros: ¿sabemos descubrir su presencia?
“¿Quién es éste?” Con esta pregunta se llega al culmen del texto. Ahora los lectores tendrán la tarea de responder esta pregunta abierta, pues no es suficiente saber quién es Jesús, sino que es necesario seguirlo para conocerlo. La fe es, entonces, un proceso y un camino de seguimiento. Esta es la finalidad catequética que desea trasmitir el evangelista. 

1. ¿Qué me dice el texto?
La palabra del Evangelio nos empeña como cristianos, ante todo, para comprender que la fe no es una fácil resolución a las dificultades y los problemas de cada día. No es un “pare de sufrir” que juega y se aprovecha del dolor cotidiano. La fe es confianza en Dios y compromiso cristiano; la percepción de aquella presencia secreta de Cristo, que no se ausenta de la barca sino que está en ella y con nosotros: con nuestras dificultades, soledades, angustias; en otras palabras, Él está con nosotros para que nosotros sepamos estar con Él; no bajo una fe mágica, sino en una fe de seguimiento en el amor.
2.
3. ¿Qué me hace decir el texto?
También yo he actuado como los discípulos: me he dejado vencer por las dificultades. Sí, en medio de la tempestad cotidiana me he sentido abandonado y solo, privado de alguien que me ayude. Me parecía que tú dormías, que no te interesabas de mí. ¡Qué egoísta soy! No me di cuenta que eras tú quien se abandonaba en mí y que ahora me correspondía velar por ti. Ayúdame a no cerrarme en mis dificultades e incomprensiones para poder percibir tu presencia que me acompaña; y con tu amor vencer toda angustia. Amén.

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