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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectura del Santo Evangelio
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Lectura del Santo Evangelio
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. (Mateo: 28, 16-20)

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Mons. Florencio Armando Colín Cruz

Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener la fe a lo largo de los siglos. El Señor estará siempre acompañando a la comunidad de discípulos que anuncia, con palabras y hechos, la Buena Noticia del Reino. De acuerdo a las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su encuentro con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. 

Meditación
El pasaje del Evangelio que estamos meditando pone en los labios mismos del Resucitado la confesión de fe trinitaria más precisa de todo el Nuevo Testamento. “Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta fórmula de fe tiene un significado muy profundo, porque en ella se nos indica el signo de pertenencia a este pueblo. El Bautismo, que es el sacramento que nos hace hijos de Dios, nos consagra a la celebración y al culto de la Trinidad Santísima. Ese ser bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no es sólo una profesión de fe que expresa nuestra nueva pertenencia a Dios; es sobre todo nuestra adhesión a la Trinidad Santísima en nuestra vida. 
La misión que el Señor nos encomienda es, pues, llevar el mensaje de Cristo a nuestro alrededor, dando razón de nuestra fe. Es mostrar a las personas a Jesús para que Él las ilumine, las cure, las consuele, como hicieron aquellos con el paralítico que llevaron en una camilla. 
También la misión sigue siendo difícil y compleja como en el pasado y exige igualmente la valentía y la luz del Espíritu. Vivimos frecuentemente el drama de la primera comunidad cristiana que veía cómo fuerzas incrédulas y hostiles se aliaban “contra el Señor y contra su Ungido” (Hech 4, 26). Como entonces, hoy conviene orar para que Dios nos conceda la libertad de proclamar el Evangelio; conviene escrutar las vías misteriosas del Espíritu y dejarse guiar por Él hasta la verdad completa (cf. Jn. 16, 13). “Nosotros como Iglesia, debemos ser capaces de proclamar al mundo, con el anuncio y con el testimonio de la vida, lo que hemos visto, oído, sentido, experimentado, para que quienes nos vean y escuchen se conviertan por nuestro testimonio y vivan su fe. 
El Papa Francisco, en su mensaje para el Encuentro con las Familias en Filipinas, nos invita a estar conscientes de la llamada a ser discípulos misioneros de Jesús. Esto significa estar dispuestos a salir de nuestras comodidades, estructuras caducas, de nuestras casas, para atender a nuestros hermanos y hermanas más necesitados.

Oración
La oración es un acto de fe en la Trinidad. Unidos a Jesús y movidos por la fuerza del Espíritu que ora en nosotros, nos dirigimos a nuestro Señor Jesucristo con confianza: “Señor Jesús, aumenta mi fe y mi amor a Ti y a los demás. Ayúdame a vivir esperando el día en que me introduzcas por la puerta grande del amor, por la puerta del Cielo, más allá de todas mis expectativas. Que esta oración me ayude a seguir esperando con fe y entrega esforzada la llegada de ese día. Tú que vives y reinas con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén”.

Contemplación-acción
Esta espiritualidad se expresa, ante todo, viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por Él para hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Espíritu. La docilidad al Espíritu compromete además a acoger los dones de fortaleza y discernimiento, que son rasgos esenciales de la espiritualidad misionera.
Es emblemático el caso de los Apóstoles, quienes durante la vida pública del Maestro, no obstante su amor por Él y la generosidad de la respuesta a su llamada, se mostraron incapaces de comprender sus palabras y fueron reacios a seguirle en el camino del sufrimiento y de la humillación. El Espíritu los transformará en testigos valientes de Cristo y preclaros anunciadores de su Palabra: será el Espíritu quien los conducirá por los caminos arduos y nuevos de la misión, siguiendo sus decisiones.

* Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México y 
Responsable de la Dimensión Episcopal de Animación Bíblica de la Pastoral


Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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