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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina
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Lectura del Santo Evangelio
Debido a la falta de espacio publicamos sólo la cita bíblica: (Mc 14, 1–15, 47)

“Lo crucificaron y fue contado entre los malhechores…”
Mons. Armando Colín Cruz *

¿Qué me dice este texto?
Muchas veces nos preguntamos: ¿Qué vas a hacer en esta Semana Santa? ¿A dónde va a ir? En las inmediaciones de Roma existe una histórica iglesita ubicada en la Vía Apia llamada “Quo vadis” La tradición refiere que fue precisamente en este lugar donde se le apareció el Señor Jesús al apóstol san Pedro cuando, aconsejado por los fieles cristianos, emprendía su huida de Roma para librarse de las manos de Nerón durante la persecución religiosa del año 64 de nuestra era. El escritor polaco Henryk Sienkiewicz inmortalizó este pasaje en la famosa novela que lleva el mismo nombre, que quiere decir: “¿A dónde vas, Señor?” A esta pregunta, Jesús respondió: “Voy a Roma a ser otra vez crucificado”. El apóstol entendió el mensaje y enseguida dio marcha atrás. A escasos tres años de este encuentro, Pedro moría crucificado a los pies de la colina vaticana, en el circo –o estadio– de Calígula y Nerón. Yo creo que también nosotros, en estos momentos, podemos dirigir a Cristo la misma pregunta que entonces le hizo Pedro: “¿A dónde vas, Señor?”
Hoy, Domingo de Ramos, damos inicio a la Semana Santa. Es la “Semana Mayor” –como la solían llamar antes– porque constituye la más importante y solemne celebración de todo el año litúrgico, pues en ella conmemoramos y revivimos los misterios de nuestra redención, los acontecimientos que nos dieron vida, vida eterna.
Sí, otra vez va Cristo en estos días a morir en la cruz por nosotros, para salvarnos de nuestros pecados. Pero ahora no muere sólo en Jerusalén o en Roma, como entonces. Hoy en día, sigue padeciendo y muriendo en todos los rincones del planeta: muere en Irak, en la persona de tantos hombres involucrados en el conflicto armado y en tantas víctimas inocentes de esta guerra. Muere en los países del Medio Oriente, en Sudán, en Nigeria, en Indonesia, en la India y en Pakistán, a causa del terrorismo y los fanatismos religiosos; muere en Chechenia, en Colombia, en Burundi, en el Congo, en Ruanda y en Uganda, por la guerrilla, los odios raciales y la violencia; muere de hambre en tantas partes del África y Latinoamérica; muere en nuestra patria, en tantos hermanos y hermanas desaparecidos por violencia, las redes del crimen organizado y la corrupción, en fin, muere en miles y miles de mujeres de todos los rincones del llamado primer mundo que hacen de su vientre la guillotina de sus propias criaturas indefensas y no queridas, como Herodes en la matanza de los niños inocentes. Muere en las calles de nuestra ciudad, en los indigentes y desahuciados.
Entonces nos preguntamos: ¿A dónde va Cristo esta Semana Santa? Sí. A morir otra vez en la cruz. Y la causa más profunda de su muerte está en las mismas raíces del corazón humano: en la injusticia y en la soberbia de cada uno de nosotros; en la ambición y la prepotencia de los fuertes; en nuestra sensualidad y egoísmo brutal. En una palabra, en nuestro horrible pecado. ¡Ése es el motivo de por qué Nuestro Señor va a la cruz! Y el "para qué" de su muerte en el Calvario también está aquí. Él, verdadero Dios y verdadero Hombre, es el único capaz de redimirnos de nuestros males y de curar todas nuestras heridas y las llagas más profundas de nuestra alma. ¡Sólo Él podía hacerlo y lo hizo!

Por tanto, hermanos, hermanas: en la liturgia de hoy, domingo de Ramos, a la exclamación "¡Hosanna!" durante la entrada del Señor en Jerusalén, siguen los gritos: "¡Crucifícalo!" en la Pasión. Las dos expresiones están muy cercanas y manifiestan la inestabilidad del corazón humano. La cruz de Cristo “es el ‘sí’ de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. Por eso, Jesús, el Señor nos invita a llevar su cruz, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva”.  Nos dirigimos en oración a María, para que nos ayude a vivir con intensa fe la Semana Santa. También María exultó en el espíritu cuando Jesús hizo su entrada en Jerusalén, cumpliendo las profecías; pero su corazón, como el de su Hijo, estaba preparado para el sacrificio. Aprendamos de ella, Virgen fiel, a seguir al Señor también cuando el camino lleva a la cruz.

¿Qué le digo al Señor?
La oración, como una fuente de agua cristalina surge de la meditación, por lo que en actitud  silenciosa y de adoración al Señor surge la pregunta: “¿Qué le digo al Señor?”, por tanto, e inspirados en el deutero-Isaías 52 y 53, sobre el cuarto cántico del Siervo doliente, exclamamos juntos: 
“Lo hemos visto, sin apariencia ni presencia.
Sin aspecto estimable, soportó nuestras culpas y cargó con nuestros pecados,
está molido por nuestras iniquidades.
Por sus heridas, por sus heridas, hemos sido salvados.
Verdaderamente, soportó nuestros sufrimientos
y cargó con nuestros pecados.
Está molido por nuestras iniquidades”. 
Amén.

¿A qué me comprometo?
Ahora interiorizamos estos acontecimientos en diálogo íntimo y personal con Dios. No es alejarnos del mundo, sino ir al compromiso. Guarda esta experiencia de fe, en tu mente y en tu corazón. Comparte con los demás estos momentos y da gloria a Dios por lo que te ha concedido.
Concluyamos nuestra Lectio Divina recordando que estos días santos son, pues, para meditar en los sufrimientos de Cristo, en su Pasión y en su camino al Calvario. Oportunidad para unirnos a Él a través de la oración, los sacramentos, la caridad, el servicio y las obras buenas. ¡Tantas cosas podemos hacer en favor de los demás!, pero tal vez tenemos que tener más inventiva o imaginación. Pensar más en los demás y menos en nosotros mismos.

*Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México y 
Responsable de la Dimensión de Animación Bíblica de la Vida Pastoral




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