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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina : “Tanto amó Dios al mundo”
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Lectura del Santo Evangelio

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. (Jn 3,16-18)

Tanto amó Dios al mundo

P. Julio César Saucedo

¿Qué dice el texto?

Este breve texto compuesto por dos versículos (vv. 16-18) se encuentra dentro de una unidad literaria más amplia (3,1-21) con un propósito específico. En efecto, en Caná de Galilea (2,1-12), el evangelista ha mostrado la llegada del Esposo y la nueva alianza que se realizará en Él. Mediante la expulsión de los vendedores del Templo (2,13-25), Jesús anuncia que su propio cuerpo resucitado llegará a ser el auténtico Santuario del encuentro con Dios. Ahora, mediante el diálogo “nocturno” de Jesús con Nicodemo, el evangelista muestra la sustitución de la Ley con el don del Espíritu.

En este conjunto, no puede pasar desapercibida la figura de Nicodemo, jefe de los judíos que se presenta ante Jesús como uno que “sabe”, alguien seguro de su competencia teológica para reconocer la obra de Dios. Pero Jesús pone ante él la solemne afirmación de la impotencia del hombre para alcanzar la salvación por sus propios medios. En efecto, para ser salvado, el ser humano debe “nacer de nuevo”. Pero Nicodemo no sabe cómo puede ser posible este “nuevo nacimiento” y reconoce su incomprensión e impotencia que se hallan representadas en la “oscuridad de aquella noche”. Es en este punto, donde se encuentra el breve texto de este domingo, elegido para evidenciar la “misión de la Trinidad”: “Tanto amo Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna”.

 

¿Qué me dice el texto?

La “vida eterna” en san Juan es una realidad que se da en el presente, orientada a la realización plena y perfecta de la existencia en todas sus dimensiones. Dios no quiere la muerte de su creatura, el hombre, y por eso, envía a Hijo quien es el Don del Padre. La encarnación, muerte y resurrección del Hijo, no es un “misterio oscuro”, sino el “misterio de amor” que no conoce límites, en el que se ofrece la posibilidad de una “vida nueva”. Por este motivo, es interesante apreciar la fórmula que evidencia san Juan: él no ha escrito en el versículo 17: “para salvar el mundo”; sino que escribe: “para que el mundo se salve por medio de Él”. Esta sutil característica muestra la acción de la libertad humana: a la humanidad le es ofrecida la posibilidad de salvación, pero ésta no viene realizada automáticamente, sin la participación humana. Por eso, el paso fundamental de nuestra libertad está en el “creer”, como aquella adhesión de vida, aquel “dejarse amar por Dios” para poder amar su “imagen” que está inscrita en todo hombre.

 

¿Qué me hace decir el texto?

Hay un “misterio de amor” que yo no puedo abrazar, hay una “comunión” tan profunda que yo no puedo siquiera sondear con mi humilde mirada. Más el Padre ha querido que yo abrace su amor en la Cruz de su Hijo glorioso, y abandonarme en sus llagas como un hijo en el tierno abrazo del Espíritu, por quien puedo decir: Abbá, Padre.

¿Qué me motiva a hacer el texto?

“Que el Señor camine en medio de nosotros”. Es el deseo de cada día, es el deseo cuando estamos en el frenesí cotidiano. Siempre queremos caminar seguros y protegidos. Y cierto, el Señor, camina en medio de nosotros y en cada momento persuade nuestra libertad para que experimentemos su amor. Con la solemnidad de la Santísima Trinidad se retoman los domingos del tiempo ordinario. Cada día aunque es ordinario, en realidad, es extraordinario porque el amor de Dios Uno y Trino nos precede. Te invito a que en lo “ordinario” de tus jornadas, antes de salir de casa para ir a trabajar o a la escuela, etc., realices con calma la señal de la cruz, signo de vida; la bendición que nos recuerda que en la misericordia divina, somos hijos en el Hijo de un mismo Padre por gracia del Espíritu; pues esta condición es tu mayor bendición. 

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