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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina :Un Dios de vivos
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Lectura del Santo Evangelio

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. Jesús les contestó: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob’. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos”. (Lucas 20, 27-38)

 

 

Un Dios de vivos

P. Julián López Amozurrutia

 

Lectura

Jesús ha llegado a Jerusalén. La Ciudad Santa será el escenario de la última etapa de su ministerio público. A las afueras de ella sufrirá la muerte en Cruz. Ahí también se alzará de entre los muertos. Aunque el episodio que nos ocupa refleja una discusión sobre el modo adecuado de considerar el Antiguo Testamento, también constituye una enseñanza que habrá de verificarse en su propia persona: el anuncio de la resurrección. Los saduceos eran un grupo de judíos aferrados sobre todo a la letra escrita de la Ley. Se les puede describir como “conservadores”. Ellos negaban la resurrección, que en cambio era sostenida por los fariseos y por el mismo Jesús, aunque de un modo distinto. El caso que le plantean requería una explicación. Si se aceptaba la doctrina de la resurrección de los muertos, ¿cómo embonaría con la ley del levirato, que exigía que la viuda de un hombre que muriera sin dejar descendencia debería ser asumida por su hermano, para garantizarle descendencia? El argumento saduceo parecía reducir al absurdo la hipótesis de la resurrección. Sin embargo, Jesús trasciende la problemática planteada ubicándola en su cauce adecuado. La vida eterna existe, pero no debe mirarse a partir de la perspectiva terrena, sino a partir de Dios. Él es el dueño de la vida. Para Él todos viven. En la transformación que ha de llevarse a cabo para acceder a su dimensión, las leyes para conservar la vida no funcionan ya. Los hombres y las mujeres que alcanzan la bienaventuranza eterna son como ángeles e hijos de Dios, porque están enraizados de manera definitiva en la fuente misma de la vida.

 

Meditación

Lo enseñado por Jesús en el pasaje habría aún de ofrecer un nuevo nivel de comprensión con su propia resurrección. No se trata de una argumentación erudita. Se trata de la vida misma. Y para ello, en tiempos de Jesús, era necesario trascender la pura letra de las Escrituras para llegar a su verdadero sentido. La explicación definitiva que Jesús habría de dar a la cuestión planteada por los saduceos sería su propia resurrección. A partir de ella se entendería cabalmente el horizonte decisivo de la existencia humana. La vida no se vacía nunca, porque su fuente es Dios. Más aún, nuestra vida terrena está llamada a una transfiguración final. La muerte, el gran enigma de la humanidad, no es una desaparición inútil, sino un misterio que desemboca en el encuentro crucial con Dios. Ante su abrazo queda abierta la pregunta sobre el juicio personal, sobre el poder ser considerados dignos de él. El ámbito para ir cultivando una vida conforme a la Vida definitiva no es otro que el tiempo que se nos ha concedido peregrinar en este mundo.

 

Oración

¡Dios de la vida! ¡Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob! ¡Padre celeste, que resucitaste a tu Hijo Jesucristo de entre los muertos! En tus manos quiero encomendar mi espíritu en mi último suspiro. Confío plenamente en que Tú, que me has concedido esta vida, quieres sellarla finalmente con su transformación gloriosa. Ayúdame a dirigir mis decisiones al noble fin que has dispuesto para tus hijos, y poder ser considerado digno de una resurrección para la vida.

 

Contemplación

Admirado por la sangre que corre en mis venas, por la respiración que acompasa mi camino, por estar vivo, puedo exclamar con renovada conciencia: ¡Dios de vivos! ¡Dios de mi vida!

 

Acción

Daré gracias a Dios por el don de la vida. Cuidaré la vida que se me confía. Comprometeré mi vida por la causa de la vida en todas sus dimensiones y en todas sus etapas.

 

 

 

Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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