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Lectio Divina - Evangelio Dominical



“Ahora él goza de consuelo, mientras que tú sufres tormentos…”
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“Ahora él goza de consuelo,

mientras que tú sufres tormentos…”

 

Mons. Florencio Armando Colín Cruz *

 

Lectura

Este pasaje es uno de los textos en el que de manera específica se nos indica un lugar en el más allá, de paz y contemplación en el “Seno de Abraham” entre los ángeles, en contraste con otro que se describe en el abismo como un “lugar de tormentos”, entre torturas y llamas de fuego, y tanto uno como el otro son para siempre, por toda la eternidad. En este relato, que sólo nos narra san Lucas, Jesús se dirige a los fariseos como representantes de aquellos que aman el dinero y descuidan el camino verdadero (Lc 16, 14); quienes pensaban justificarse ante Dios y los hombres mediante el cumplimiento de una ley desviada (Lc 11, 37ss).

Esta parábola tiene dos partes, marcada por los dos personajes: Lázaro y el hombre rico, en donde la muerte define la sentencia del fin que cada uno ha forjado en esta vida. En la primera (Lc 16 19-26) se nos habla del cambio de situación que se da entre los hombres después de esta vida. Los bienes y los males se aplican a los distintos protagonistas que han definido así su futuro. En la descripción del más allá, el Evangelio de Lucas utiliza las imágenes aquellas del seno de Abrahán, el abismo, etc. que no pretenden darnos una información exhaustiva sobre la geografía del más allá, sino manifestar de manera urgente la justicia de Dios sobre el destino final de la vida humana.

En la segunda parte (Lc 16 27-31) se insiste en que la Escritura, de la que los fariseos eran considerados expertos, es el camino más seguro para la conversión. Pero el hombre rico fue sordo a sus demandas. Su vida no estaba enraizada en la Palabra de Dios.

Esta historia es una ilustración pedagógica y concreta de las bienaventuranzas y los “ayes” de Lc 6, 20-32. El reproche que se hace al rico es el de no saber compartir lo que tiene con los más necesitados. Ha perdido, incluso, una oportunidad de conversión por no haber escuchado a Moisés y los profetas, donde había encontrado muchas demandas de solidaridad para con los pobres, como en  Isaías 58, 7, que pide compartir el pan y la casa con el necesitado. Su pecado consiste en haber hecho de las riquezas su dios (Lc, 16 13). El mensaje es muy claro, la decisión de cada cual para seguir cualquiera de estas sendas es libre, pero entre los dos, hay un abismo infranqueable que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá porque las oportunidades ya se dieron. En este contexto, la parábola que nos presenta el Evangelio de hoy, nos invita a revisar si nuestra vida está puesta al servicio de los demás. Preguntémonos y compartamos esta pregunta: ¿En qué forma concreta he salido al encuentro de mi hermano indigente, necesitado, pobre, enfermo etc.?

 

Meditación

En este contexto, Jesús nos vuelve a recordar el peligro que conlleva el mal uso de las riquezas. La parábola del pobre Lázaro y del Hombre rico nos trasmite cómo el comportamiento del hombre puede conducir a la salvación o bien la condenación eterna después de esta vida. Lo peligroso es que la riqueza nos lleve a pensar solamente en nosotros mismos, a desear una vida cómoda y plácida, y no ver las necesidades de los que nos rodean: los oprimidos, los hambrientos, los cautivos, los ciegos, los peregrinos, los huérfanos, los enfermos.

Hermanos, evitemos a tiempo, hoy, aquí, ahora, no acercarse a ese muro o abismo de separación con aquellos hermanos que sufren carencias físicas, psicológicas o espirituales. Para evitarlo tenemos que seguir la enseñanza de Jesús, clara y tajante: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, hospedar al extraño, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado (Mt 25, 35).

El testimonio que el Evangelio pide a todo bautizado es la conversión, que compromete toda la existencia de quien ha optado seguir a Jesús como su discípulo misionero. El hombre rico no fue condenado sólo por su riqueza, sino porque no la compartió con el que necesitaba mucho más que él, con el que se estaba muriendo al lado de su puerta. ¿Qué tenemos que hacer hermanos?

 

Oración

Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

“Señor Jesús: Ayúdame a relacionarme con quienes sufren por cualquier causa, para que, la necesidad de amar y ser amado que tengo, no sea superada, por el deseo de enriquecerme, y adquirir bienes que no necesito. Gracias, Jesús, por este mensaje tan claro y tan práctico. Quiero vivirlo, llevarlo a mi conducta, aunque me cueste. Quiero pensar que lo que tengo no es solamente mío, sino de aquellas personas que lo necesitan. Deseo sentirme solidario y caritativo con los que padecen alguna necesidad. Sabiendo que lo que hago a uno de mis hermanos, a Ti en persona te lo hago. Haz que, con mis actos, sea consecuente con esta enseñanza que me das en tu Evangelio”.

 

Contemplación                                                                                                                                  

Este momento nos lleva a contemplar a Jesús, que está presente en tantos marginados de nuestra sociedad. Él  me recuerda constantemente su mandamiento único: Ámense unos a otros como yo los he amado. Y nos ha amado hasta dar la vida por cada uno de nosotros.

Me contemplo a mí mismo, tan necesitado de ser coherente con la fe en Jesús y la caridad con el hermano. Me contemplo con mis fragilidades pero a la vez contemplo que el Señor me toma misericordiosamente de su mano y me anima a seguir luchando para ser mejor. Y me dice ven conmigo… sígueme.

 

Acción

Mas allá de que seamos ricos o no, todos tenemos algo para compartir, mucho o poco. Siempre podemos encontrar a alguien que tenga menos que nosotros. Estamos, creo, todavía a tiempo de escuchar a Moisés y a los profetas, porque ahora nos ha hablado el que le da plenitud a la ley y a los profetas y nos ha mostrado el camino hacia el cielo Jesús. Por tanto, agradeceré al Señor la vocación que me ha regalado para servir a los hermanos. Repetiré con frecuencia: Señor mío y Dios mío.

 

* Obispo Auxiliar de México

 

Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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