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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina
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Lectura del Santo Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes, con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprendan de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducen que el verano está cerca; pues cuando vean ustedes suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre”. (Mc 13, 24-32)

¡Fin del mundo, no; venida de Cristo en su Gloria, sí!

¿Qué dice el texto?
Podría entenderse que, en este texto bíblico, Jesús nos esté hablando acerca de lo que será el fin del mundo, sobre todo por el colorido de los fenómenos naturales que se mencionan, sin embargo, no es así; el texto nos habla de lo que será la segunda venida del Señor, en la que hará resplandecer su gloria; por eso, «el sol se oscurecerá y la luna perderá su brillo». 
El discípulo, entonces, comprende que no está a la espera del fin del mundo, sino a la venida de su Señor; acontecimiento que invita a la atenta escucha de la Palabra, poniéndola en práctica: «cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán». 

¿Qué me dice el texto?
Seguramente has escuchado que, según “el calendario maya” el mundo terminará el 21 de diciembre de este año. Más aún, a veces se llegan a interpretar los terremotos, ciclones y tormentas como claras alusiones al llamado “fin del mundo”. Esta “opinión” nos impulsa a reflexionar sobre dos cosas: por una parte, que las catástrofes naturales, de las que hemos sido testigos, no hablan del “fin del mundo”, sino del poco cuidado que hemos tenido por nosotros mismos y por nuestro planeta; y por otra, ¿de qué nos serviría saber cuándo terminará el mundo, si el mundo (cada uno que habita en él) no cambia? 
En efecto, el Evangelio deja en claro que el cristiano no está a la espera del “fin del mundo”, sino que está en espera del Señor de la Vida: Cristo. De hecho, es una petición que está inscrita en dos momentos cuando celebramos la Misa: la primera, cuando decimos “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor, Jesús!”; y la otra, en la oración del Padre nuestro, cuando expresamos, ¡Venga a nosotros tu reino! Por tanto, no tenemos que preocuparnos por el cuándo pues «nadie sino solo Dios sabe el día y la hora», sino por el cómo, nos estamos preparando para recibir al Esposo.  
Sería bueno que hoy guardes en tu corazón estas palabras del Evangelio: «Nadie sabe el día ni la hora, sólo el Padre»; y descubras cómo Dios es paciente con sus hijos, que el tiempo es una oportunidad para cambiar los malos hábitos, y para poner en práctica el amor que recibimos de Dios como don. 

¿Qué me hace decir el texto?
Señor, nosotros no sabemos el día ni la hora de tu regreso. Te rogamos, con humildad, que nos ayudes a mantenernos siempre vigilantes en la fe, esperanza y caridad para recibirte hoy, en la Eucaristía y en nuestros hermanos, y mañana en la plenitud de tu gloria. Amén.

¿Qué me motiva a hacer el texto?
Estar atentos a la venida de Cristo, el Esposo, exige poner en práctica las vocales de la vida cristiana: 
Ama a Dios y a tu prójimo como ti mismo. 
Examina diariamente tu vida según el Evangelio. 
Ir a Misa todos los domingos sabiendo que Dios te espera. 
Ora a tu Padre quien siempre está atento a la súplica de sus hijos.
Unifica a tu familia con la comprensión y el perdón, descubriendo día a día los tesoros que hay en ella.

Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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