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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina
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Lectura del Santo Evangelio
En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replico: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!”. Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: “Hijos, ¡que difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”. Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús dijo: “Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna”. (Mc 10,17-30)



“¿Qué debo hacer?”


Lectura
Poco antes de que Jesús llegara a Jerusalén, un hombre se le acercó corriendo y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” En su respuesta, Jesús apeló a la bondad que pertenece a Dios, y recordó los mandamientos, especialmente los que tienen que ver con los deberes ante el prójimo. Lo que debe hacerse es imitar la bondad de Dios, sobre todo en el trato con los demás. A esta respuesta, el hombre reconoció que todo aquello lo había cumplido desde la juventud. Entonces Jesús da un paso adelante, invitando al hombre a incorporarse a su seguimiento: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. El hombre se retiró, entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús entonces habló con sus discípulos, recordando la dificultad que experimentan quienes viven apegados a las riquezas para entrar en el Reino de Dios. A pesar de ello, nada es imposible para Dios. Además, a pregunta expresa sobre la condición de quienes sí habían dejado todo para seguirlo, Jesús afirma que nadie que haya dejado bienes y relaciones humanas por Él y por el Evangelio dejaría de recibir en la vida mucho más –sin escatimarse las persecuciones–, y en el otro mundo, la vida eterna.
 
Meditación
¿Qué debo hacer? La pregunta vuelve a mi conciencia diariamente. La encuentro delante de las situaciones más precisas, pero también cuando de manera global considero mi existencia y el rumbo que toma. ¿Qué debo hacer? Y la respuesta inicial que tengo siempre ante mí es la que corresponde a mi naturaleza como ser moral: tengo muchas oportunidades de hacer el bien, de evitar el mal, de respetar a mis semejantes y ayudarlos. Eso es lo básico que encuentro en el sagrario de mi conciencia, y que orienta mis pasos ante tantas solicitaciones de romper el orden del bien. Pero también escucho una invitación más radical, que corresponde a mi condición cristiana. Hay un “más” que siempre me impulsa a extender la generosidad de Dios. Liberarme de lo que me ata para alcanzar la libertad en la entrega a mis semejantes. Escapar del mezquino individualismo que me hace pensar en mi perfección personal, desatendiendo el bien que puedo hacer con mis bienes, con mi tiempo, con mi energía, en favor del prójimo. Y aunque descubro una resistencia en mi interior, la mirada amorosa de Cristo sigue reposando sobre mí, esperando que yo pueda crecer en mi respuesta como discípulo suyo. El sentido de mi vida, la vida eterna, se fragua precisamente en la respuesta que yo vaya dando a esta invitación del Señor.
 
Oración
Jesús, tú eres bueno y la fuente de la bondad. Indícame el camino del bien. Diariamente me pregunto “¿Qué debo hacer?” A veces con tristeza me arrepiento: “¿Qué he hecho?” Pero considerando el regalo de tu amor, que me ha invitado a ser discípulo, siento que despierta de nuevo el deseo de ser santo, de caminar de tu mano hacia la vida eterna con muestras más claras y contundentes de desprendimiento y generosidad. Maestro bueno, ayúdame a seguirte, conforme al estado de vida al que me has invitado.
 
Contemplación
Descubro la mirada amorosa y silenciosa que Jesús dirige sobre mí, y, en ella, la invitación a reproducir en mi conducta su bondad y generosidad. Aunque a veces yo presiento ser incapaz de responderle a su amor, con sus ojos abre ante mí horizontes de libertad que yo no había nunca sospechado.
 
Acción
Haré el bien a mi prójimo, consciente de que prolongo con ello el amor y la bondad de Dios. Aspiraré a los dones más excelentes, dando más de mí de cuanto inicialmente había pensado.
 

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