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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina
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Lectura del Santo Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo." Disputaban los judíos entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Entonces Jesús les dijo: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre". (Mt 6,51-58)

Éste es el Pan que ha bajado del cielo
P. Julio César Saucedo
¿Qué dice el texto?
Nos encontramos en el vértice del discurso del Pan de Vida, que recorre de una forma sutil la vida de Cristo (encarnación, muerte y resurrección) hasta la vida en Cristo, es decir, en la comunión y comunicación personal y vital que se desarrolla entre el Señor y el discípulo, puntualizado en el texto bajo los pronombres personales: “mi”, “yo”, “él”, “su”.
En principio, hemos de entender que “carne” es un concepto utilizado en el arameo dando a significar “cuerpo vivo”. De ahí que los judíos comiencen a discutir entre sí: “¿Cómo puede darnos a comer éste su carne?”. Esta incomprensión del lenguaje no viene resuelta por Jesús, al contrario, se hace más “áspera” al agregar el término “sangre”, pues según la Ley, quedaba estrictamente prohibido probar la sangre de un animal, con mucha más razón la sangre de un ser humano, ya que ésta es, en todos sus sentidos, vida, la cual, es y pertenece a Dios. 
Tal pareciera que todo corresponde a un acto canibalista según la rigidez de las palabras, mas no es así, pues por una parte, bajo el término “comer” se denota el “contacto íntimo” y “la asimilación”; y por otra, con la expresión “carne” y “sangre” se indica al hombre en su totalidad. De modo que, en esta parte del discurso, Jesús nos habla de la íntima comunión con Él que se establece en el “comer su carne” y “beber su sangre”, cuyo beneficio es la participación ya en el presente de la vida divina y en el futuro de la resurrección. De aquí emergen dos hechos: la absoluta necesidad de comer la carne y beber la sangre de Cristo, el Hijo de Dios, y el elemento dinámico y vital de la Eucaristía en la que el Señor sostiene y transforma al hombre, no cancelando ni su vida ni su libertad, sino dándoles plenitud.  

¿Qué me dice el  texto?
Cuántas veces no hemos escuchado en nuestros distintos ambientes: “yo voy a Misa cuando me nace” o “voy a Misa porque si no me va a ir mal en la semana, no sea que ‘Diosito’ me castigue”, o esta otra: “yo mejor hago una obra buena que ir a Misa”. Todas ellas proceden de una mentalidad minimalista y legalista, que sólo miran el aspecto de cumplir con el precepto dominical, sin darse cuenta de que en la Eucaristía se otorga la más bella oportunidad, del don de una relación directa de amor entre Dios y nosotros a través de Cristo, el Pan bajado del cielo. “Dios no nos quita nada y nos da todo” (Benedicto XVI), no sólo para hacer buenas obras, pues éstas también las hacen los no creyentes, sino para transformar total y radicalmente nuestra vida y ser aquellos “hombres nuevos” de fe, esperanza y caridad. Con justa razón san Agustín expresó: “Eucaristía misterio de amor, símbolo de unidad y vínculo de caridad”. Te invito a que te preguntes: ¿Con qué disposición voy a Misa? ¿He visitado y orado ante Jesús Sacramentado? ¿Soy consciente y he correspondido al amor de Dios, quien lo ha dado todo por mí?
¿Qué me motiva a decir el texto?
“Oh Jesús, tenga siempre mi corazón hambre de Ti, fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, río de luz eterna, torrente de delicias, abundancia de la Casa de Dios: que te desee, te busque, te halle; que a Ti vaya y a Ti llegue; en Ti piense, de Ti hable y todas mis acciones encamine a honra y gloria de tu nombre, con humildad y discreción”. Amén. 
(San Buenaventura).
¿Qué me motiva a hacer el texto?
Siempre es importante recordar para vivir lo que Dios ha hecho y hace por nosotros. Por ello, te propongo que reflexiones sobre la presencia de Dios en tu vida, y anotando en una hoja los frutos, puedas contemplar que la Eucaristía es una relación de amor: “Mi amado es para mí y yo para mi amado” (Ct 6,3) – “permanece en mí y yo en Él”.

Escrito y/o Publicado por:

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