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Lectio Divina - Evangelio Dominical



Lectio Divina
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El Buen Pastor da la vida por sus ovejas
(Jn 10, 11-18)

Lectura
¿Qué dice el episodio de la Palabra de Dios?
El texto a meditar este domingo es el del Evangelio de San Juan 10, 11-18. Escuchémoslo atentamente y hagamos nuestro su contenido (Se proclama de manera solemne el texto del Evangelio).

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. En cambio el asalariado, que no es el pastor, ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor; porque conozco mis ovejas y ellas me conocen a mí, Así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas, que no son de este redil; y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor. El Padre me ama, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre”. Palabra del Señor. TODOS: Gloria a ti, Señor Jesús.

Subsidios para una mejor comprensión del texto
El texto del Evangelio del IV domingo del Tiempo de Pascua que se nos ha proclamado hoy, contiene abundantes enseñanzas propuestas por Jesús. No olvidemos que el Evangelio de San Juan es clasificado como el que presenta los acontecimientos concernientes a Jesús de Nazareth a finales del primer siglo d.C. y por lo tanto más elaborados desde el punto de vista teológico, a la vez que integra materiales recogidos en las distintas comunidades de ese tiempo. 
El texto se encuentra colocado en la quinta sección del llamado libro de los signos (9, 1-10, 42) que tiene como tema central a Jesús, en cuanto a luz que se acepta o se rechaza. Quienes más tajantemente le han rechazado, son los dirigentes del pueblo judío (Jn 8, 31-59; 9, 13-41); ellos son los pastores que han abandonado el rebaño y han cerrado los ojos ante los signos realizados por Él.
¡El buen pastor! Es una figura bíblica que nace de la observación y de la experiencia. Durante mucho tiempo, Israel fue un pueblo de pastores y los textos del Antiguo Testamento confirman la tradición de la época de los patriarcas y de las generaciones sucesivas. El pastor que cuida atentamente el rebaño y lo conduce a fértiles praderas, se ha convertido en la imagen del hombre que guía y está al frente de una comunidad, siempre solícito de lo que le atañe. Así se representa al pastor de Israel en las antiguas tradiciones del pueblo elegido.
Ahora bien Jesús, en su predicación, recurre a esa imagen, pero introduce un elemento del todo nuevo: pastor es el que da la vida por sus ovejas (Cfr. Jn 10, 11-18). Atribuye esta característica al pastor bueno, distinguiéndolo de quien, por el contrario, es un asalariado y, por tanto, no se preocupa ni da la vida por su rebaño. El Padre lo envió al mundo no sólo para que fuera el pastor de Israel, sino para que consolidara su rebaño. Más aún, se presenta a sí mismo como el buen pastor, capaz de dar la vida por la humanidad entera. (Cfr. S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en el II domingo de Pascua, dada el 3 de mayo de 1998).

Meditación
¿Qué me dice este texto de la Palabra de Dios?
Este momento nos ayuda a descubrir lo que el Espíritu Santo quiere comunicarnos a los que participamos en esta reflexión de la Palabra de Dios. La pregunta siguiente puede ayudarnos: ¿Qué me llama más la atención de este texto y qué tengo que hacer para hacer vida esta Palabra? Se invita a leer de nuevo el texto, y a dar respuesta personal a la pregunta.

Elementos para nuestra reflexión
Este domingo es conocido como el del “Buen pastor”, pero además, la celebración viene marcada por el libro de los Hechos de los Apóstoles, como se lee durante toda la Pascua. El texto del día está especialmente centrado en Jesucristo: “Ningún otro puede salvarnos”. A la vez, el salmo hace eco de las palabras de Pedro en la primera lectura: “la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”. Y es la segunda lectura, de la primera carta de san Juan, la que nos abre a la esperanza diciendo: “lo veremos tal cual es”. Ciertamente ésta es nuestra esperanza y nuestro camino: siguiendo a Jesucristo, llegaremos al Padre. 
Siempre han existido buenos y malos pastores, ya sea clérigos que laicos. La diferencia está en el corazón del pastor.  El buen pastor se preocupa por el pueblo que ha sido puesto bajo su cuidado, sea una Diócesis, una Parroquia, o unos cuantos niños en el catecismo, etc. El buen pastor busca maneras de animar fielmente, y a favor del bien, aunque sea frente a la oposición o peligro. Los malos pastores se preocupan sólo de su propio bienestar. Un mal pastor puede predicar falsa doctrina o preocuparse más por programas o campañas de construcción, que por la gente, o involucrarse en un escándalo ya sea pastoral, administrativo o sexual en la comunidad parroquial, pero basta con que un pastor no se preocupe por sus ovejas. Afortunadamente, Cristo tiene muchos más buenos pastores que malos.
Los Pastores, guías espirituales de las comunidades a ellos encomendadas, están llamados a ser animadores de la comunión, con la misión de acoger, discernir y animar carismas, ministerios y servicios de la Iglesia, buscando ser padres amigos y hermanos, siempre abiertos al diálogo. (Cfr. Aparecida No 188) 
El evangelista, para indicar el peligro que asecha al rebaño, utiliza la imagen del lobo que “hace presa y dispersa” a las ovejas. Es una crítica durísima a los fariseos de aquel entonces –como lo es también para nosotros en este tiempo–, que son acusados de apacentarse a sí mismos y no al rebaño, mientras que él ha venido para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. De este modo se pone de manifiesto el interés mezquino de los indiferentes y egoístas contra los más débiles e indefensos.
Escribe el profeta Ezequiel: “Mi rebaño anda disperso por toda la superficie de la tierra, sin que nadie se ocupe de él ni salga en su busca” (Ez 34, 6). Es que los lobos rapaces quieren hacer de estas ovejas sus presas. Si pensamos en el enorme número de personas que han perdido el sentido de la vida y vagan sin meta alguna; si contemplamos a millones de migrantes que abandonan sus tierras y sus seres queridos en busca de una vida mejor, sin que nadie se preocupe de ellos; si observamos la dispersión de los jóvenes en busca de la felicidad, sin que haya quién les marque el camino. Es ahí donde por desgracia constatamos la triste y cruel alianza entre lobos y asalariados, entre los indiferentes y los que sólo buscan sacar beneficios personales de esa dispersión. Pero también el Señor nos dice que “tiene otras ovejas que no son de este redil”, por las cuales se preocupa.
Recapitulando nuestra meditación. Sólo Jesús, el buen pastor, que da la vida por sus ovejas, es capaz de romper la triste y amarga alianza entre el lobo y el asalariado, entre el interés por uno mismo y el desinterés por los demás. Ahora sabemos quién tiene necesidad de consuelo y ayuda; sabemos a quién dirigirnos, sabemos a dónde llamar, hacia donde volver los ojos y el corazón. Jesús mismo nos lo ha dicho: “Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). En Él se fundamenta nuestra esperanza. (Cfr. Vincenzo Paglia, La Palabra de Dios, cada día. Ed. San Egidio, 2011, p. 206).

Oración
¿Qué le digo yo al Señor, Palabra viva?
Ahora, la oración es la oportunidad para dialogar con el Señor. El Catecismo de la Iglesia Católica en el No 601, nos dice: “Después de su resurrección, dio esta interpretación de las escrituras a los discípulos de Emmaús (Cfr. Lc 24, 25-27. 44-45), y luego a los propios apóstoles (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Ed. Lumen, Argentina 2007 p. 147). Por ello, en este ambiente de reflexión con motivo de este “Encuentro” con la Palabra, y en intimidad con el Señor, exhorto a que juntos, como oración, recitemos la oración del Padre Nuestro, el Salmo 23 o alguna oración como esta: “¡Oh! Jesús, buen pastor, te damos gracias porque nos has enviado al Espíritu Santo, quien nos ha iluminado y por ello hemos podido entender un poco más tu Palabra, como aquella tarde, cuando después de tu resurrección se la has explicado a los discípulos en el camino a Emaús. Tú les hiciste descubrir el proyecto de Dios en los hechos dolorosos de tu pasión y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Ayúdanos como a ellos, para que podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a todos especialmente a los pobres y los que sufren, que Tú estás vivo en medio de nosotros y eres la fuente de amor, de justicia y de paz. Amén”.

Contemplación
¿A qué me comprometo con la Palabra encarnada?
DIRIGENTE: Ahora nos sumergimos en el interior de los acontecimientos en diálogo íntimo y personal con Dios, para descubrir y saborear en ellos la presencia activa y creadora de la Palabra de Dios. Ahora a comprometerse con el proceso actual de evangelización para nuestra Provincia, Diócesis, parroquia, comunidad, para nosotros mismos, que como nos dice el Documento de Aparecida No 5, en el mensaje conclusivo de la V Conferencia del CELAM, en Brasil: “La Gran Misión continental será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los alejados, y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor. Misión que debe llegar a todos, la cual ha de ser intensiva, cíclica y permanente”. Con ello, renovar nuestra pastoral desde la raíz, en actitud de continua conversión. No es evasión de nuestra realidad, sino ir al compromiso. Terminemos con un compromiso personal nuestra lectura orante o Lectio Divina.

+ Florencio Armando Colín Cruz
Obispo Auxiliar de México
Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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