Semanario Católico de Información y Formación

Arte para Jóvenes - Internet



CUENTO: Un nacimiento de tarea
-
Disminuir Texto Aumentar Texto Enviar por Email Imprimir
Goyo tenía un problema: a su hija de 12 años le habían dejado de tarea hacer un nacimiento con material reciclable. Pero justo a él, eso de las manualidades no se le daba.

     Pensó en pagar para que alguien más lo hiciera o dejar que su hija lo elaborara sola, pero la nota era muy clara: “Hacer de tarea, para el viernes 9 de diciembre, un nacimiento en compañía de tus papás, sin comprar nada, solamente con materiales reciclables”. Lo peor es que no solamente le preocupaba mucho su torpeza con las manos, sino que desde la enfermedad y muerte de Doris, su esposa, había evitado platicar con su hija, temiendo preguntas que él no sabía o no quería responder.

 –Si tan solo estuviera mi esposa –se lamentaba Goyo. Pero ella había muerto meses atrás, por lo que, cada vez que tenía que atender este tipo de actividades, entraba en conflicto. Se preguntaba: ‘¿A caso las maestras no se dan cuenta de las complicaciones en las que meten a los padres cuando dejan estas tareas?’

Además, ¿cómo podía hablarle de nacimientos a su hija cuando su madre recién había muerto?, ¿cómo vivir Navidad, si la tumba aún era un recuerdo fresco?

     Pasaban los días, y la fecha para entregar el trabajo se acercaba. Dorita, su hija, constantemente le recordaba: “Papi, tenemos que hacer la tarea, no quiero que me bajen puntos”, a lo que él respondía de forma mecánica: “Lo sé, lo sé, tengo que darme un tiempo”.

     Finalmente, un día Dorita se puso firme, y plantándose frente a Goyo con los brazos cruzados, en señal de ultimátum, le dijo: “Papá, este es el último fin de semana antes de la fecha de entrega, si no tienes tiempo ahorita, menos lo vas a tener entre semana”.

     Goyo cedió y comenzó a buscar junto con la pequeña todos los materiales que les pudieran servir para hacer el nacimiento. Hurgaron cajones que tenían meses sin abrirse y aparecieron cosas que despertaron los recuerdos.

 –¿No extrañas a mamá? –la pregunta retumbó en su cabeza.

 –Sí hija, la extraño –respondió seco, al tiempo que tomaba varias medicinas caducadas de un buró–. Mira, podemos usar estas cajitas, y los frascos podemos utilizarlos para hacer los cuerpos de los pastores.

–Y si la extrañas, ¿por qué nunca me hablas de ella?

–Será porque me quiero hacer a la idea de que aún no se ha ido. ¿Cómo vez si les hacemos las cabecitas con estas cuentas que guardaba tu mamá?

–No, papá, están muy pequeñas, pero podemos hacerlas con estas pelotitas de unicel. Son de mami; ella y yo jugábamos al tiro al blanco con ellas. No creo que se enoje si las usamos porque a ella le gusta que haga la tarea; dice que es muy importante.

–¿Y tú no extrañas a mamá? –ahora se atrevió a preguntar Goyo.

–Sí y no, papi. La extraño porque ya no está, pero no la extraño porque me habla en mis sueños y me dice que me cuida desde el cielo.

–¿Y de mí no te dice nada? –preguntó el papá con cierta curiosidad.

–Claro que sí –respondió la niña, al tiempo que sonreía –. Me pide que te cuide porque estás sufriendo mucho; ella sabe que la extrañas y no sabes qué hacer. Me ha dicho también que si no hablas de ella es porque te duele su partida. Como cuando yo no quería hablar de mi muñeca cuando el perro del vecino la rompió a mordidas. Todo eso me lo dice cuando estoy dormida.

    Goyo se quedó sin habla. Simplemente abrazó a Dorita y se sumió en un llanto silencioso durante varios minutos.

     Una vez que se calmó, continuó buscando cosas para hacer el nacimiento, recordando y riendo, hablando de Doris, pero no como si estuviera muerta, sino teniéndola presente.

–Cómo ves hija, ¿crees que este tubo del pelo de mamá pueda servir de pesebre?

–Sí papi, ¿y cómo ves si ponemos pasadores como si fueran una cerquita?

–Me parece bien, y ahí encerramos a los borreguitos que hicimos.

     Terminado el nacimiento, Dorita le puso a una tarjeta su nombre y el grupo. Goyo firmó la tarjeta en señal de que lo había hecho con su hija, y también puso el nombre de su esposa.

     Cuando la pequeña Dorita se durmió, Goyo no resistió la tentación de volver a ver su obra. Allí estaban María y José, junto al niño Jesús, con pastores y borreguitos, pero también estaba su esposa en el recuerdo de todos los materiales y en el eco de la plática a la que tanto miedo le había tenido, pero que ahora lo hacía sentir liberado.

     Vio al pequeño niño Dios elaborado con una ampolleta de las medicinas de Doris, lo que le hizo recordar que hay un nacimiento y una muerte, pero también una resurrección. La Navidad tomó para él un sentido muy diferente. Cayó de rodillas y dio gracias por el don de la vida y la esperanza tras la muerte.

     Durante el sueño platicó con Doris:

–¿Cómo ves, amor? a fin de cuentas, no soy tan torpe para hacer manualidades –dijo, y ambos sonrieron uno al otro.
Escrito y/o Publicado por:

SIAME
Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México
http://www.siame.mx/
contacto@desdelafe.mx
Otros Artículos »
AVISO LEGAL: Los textos publicados en este sitio han sido, en su mayoría, elaborados por "DESDE LA FE", publicación semanal editada por la Arquidiócesis Primada de México, A.R. y coordinada por el Departamento de Comunicación Social de la Arquidiócesis de México (COSAM) titular de los derechos de autor y explotación económica. Los textos, imágenes y vídeos publicados de terceros pueden estar sujetos a restricciones establecidas por los titulares de los derechos, en estos casos, su publicación estará acompañada de la fuente. Los contenidos elaborados por "DESDE LA FE" son libres de reproducir para fines de divulgación y promoción, con la única obligación de citar como fuente de proveniencia www.desdelafe.mx. Se prohíbe cualquier uso para fines comerciales o de explotación patrimonial.