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El milagro eucarístico de san Antonio de Padua
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El pasado jueves, la Iglesia católica en México celebró la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y en muchas partes del mundo la liturgia de este domingo sitúa a los fieles en la Última Cena, donde Jesús toma el pan y el vino, los bendice y se los da a sus discípulos como su Cuerpo y su Sangre. 

Los católicos creemos que Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía en su cuerpo, alma y divinidad, de tal manera que para nosotros la Hostia consagrada es el mismo Cristo Jesús, y cuando la adoramos expuesta en la custodia o guardada en el Sagrario, adoramos al mismo Jesús, Hijo eterno de Padre Dios. Cuando recibimos la santa comunión, recibimos al mismo Jesús; tenemos un encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía.

Desde pequeños, en el Catecismo nos cuentan esta bonita historia que nos llena el corazón, y hoy queremos recordarla de nuevo contigo:

La mula y la Eucaristía
Cuentan que san Antonio de Padua predicaba en Rímini (Italia), donde los herejes patarinos habían desfigurado el dogma de la presencia real, reduciendo la Eucaristía a una simple cena conmemorativa.

San Antonio, en su predicación, ilustró plenamente la realidad de la presencia de Jesús en la Hostia Santa, pero los jefes de la herejía no aceptaban las razones del santo, e intentaban rebatir sus argumentos. 

Uno de los líderes le dijo: “Menos palabras ahora: si deseas que crea en este misterio, tendrás que hacer el siguiente milagro: tengo una mula, la dejaré sin comida tres días seguidos. Cuando hayan pasado los tres días, iremos a verla juntos, yo con hierba y tu con el sacramento. Si la mula rechaza la hierba y se arrodilla y adora ‘tu pan’, entonces yo mismo lo adoraré”. El santo aceptó el desafío y fue a implorar la ayuda de Dios por medio de oración, ayuno y penitencia.

Durante tres días, el hereje privó a la mula de todo alimento y luego la llevó a la plaza pública. Al mismo tiempo, san Antonio fue a la plaza en el lado opuesto, llevando en sus manos una custodia con el Cuerpo de Cristo; todo esto en presencia de una multitud de gente deseosa de saber el resultado de este extraordinario reto aceptado por el santo franciscano. 

San Antonio encaró al hambriento animal y le dijo: “En el nombre de este Señor al que yo, aunque indigno, llevo en mis manos, te mando que vengas y reverencies a tu Creador, de manera que la malicia de los herejes pueda ser confundida y comprendan la verdad de este santísimo Sacramento que los sacerdotes llevamos al altar y por el cual las criaturas están sujetas a su Creador”.

Mientras el santo pronunciaba estas palabras, el hereje mostraba cebada a la mula para que comiera, pero la mula sin prestar atención a la comida se dirigió paso a paso como si tuviera uso de razón y respetuosamente dobló ambas rodillas ante el santo que sostenía elevada la sagrada Hostia y permaneció en esa postura hasta que san Antonio le dio permiso para levantarse.

El hereje, llamado Bonvillo, cumplió su promesa y se convirtió de todo corazón a la fe católica: el hereje se retractó de sus errores y san Antonio, tras bendecirle con el Santo Sacramento entre grandes aplausos, llevó la custodia en procesión a la iglesia donde dio gracias a Dios por el milagro y la conversión de tantos hermanos.

Más allá de un milagro espectacular, lo que san Antonio enseñó respecto a la Eucaristía es la doctrina de la Iglesia. Ante todo, es un don del Señor, del que el sacerdote no es el dueño sino el servidor. La Eucaristía es el más espléndido Sacramento de la Presencia de Cristo; es inevitable que la Eucaristía tenga una acción transformante en el corazón de cada uno que lo vive. La Eucaristía es un don de amor que sólo será plenamente comprendido en la eternidad.

“Cristo da su cuerpo y su sangre para la vida de la humanidad, y aquéllos que se nutren de modo digno en la mesa se convierten en instrumentos vivientes de su presencia amorosa, misericordiosa y dadora de paz”.

Papa Juan Pablo II



Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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