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Vida Arquidiocesana



La vida del Card. Carlos Aguiar Retes
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Carlos, con cuatro años de edad, decidió que ese día no iría a la escuela. Doña Teresa Retes pensó que no estaba bien que su hijo se rebelara de esa manera y lo amenazó: “Si no vas, te encierro en el gallinero”. “Pues no voy” –contestó Carlos. Después de varias horas encerrado, llegó el padre, Don Carlos Aguiar Manjarrez, y se sorprendió: “¿Qué hace el niño ahí metido?”. Por un despiste, Doña Teresa Retes lo había olvidado ahí todo el día, y durante largas horas él no se inmutó; se quedó jugando tranquilamente con las gallinas.

Carlos era el segundo de seis hermanos. Nació en Tepic, Nayarit, el 9 de enero de 1950, en una casa de provincia con corredores y dos patios, al pie de la Sierra Madre Occidental, vecina de la cordillera Neovolcánica, con un incipiente desarrollo urbano, como vivía la mayoría de las familias nayaritas en esa época. Era un lugar apacible, donde la convivencia diaria estrechaba lazos entre las familias y forjaba las comunidades que vivían una religiosidad popular extendida y vívida.

El padre y la madre

Don Carlos Aguiar Manjarrez y Doña María Teresa Retes Pérez se conocieron en Tepic, se hicieron novios, se enamoraron perdidamente y decidieron casarse cuando ella tenía 17 años y él 21. Pero las familias de ambos se oponían a que formalizaran su relación siendo tan jóvenes. Para entonces, el papá le había pedido a él que le ayudara en la administración de su negocio, el Hotel Palacio de Tepic. Le tenía toda la confianza. “Vas a cometer un grave error si te casas tan joven”, era la insistencia del padre a Carlos. 

Doña Laura, la madre de María Teresa también tenía sus razones para no estar de acuerdo en que se consumara ese matrimonio; para ella, primero debía casarse la hija mayor, Laura, pero ésta no tenía prisa en formar una vida matrimonial. Así, debido a que por ninguno de los dos lados tenían la anuencia para casarse, tuvieron que armar un plan de fuga: Carlos convenció a su padre de que tenía que buscar un trabajo independiente para que, a futuro, su matrimonio no representara una carga para él; éste, sin saber exactamente a qué se refería su hijo, le dio permiso de irse. De esa manera, Carlos se fue a trabajar como agente viajero a Oaxaca, para la compañía de cigarros “El Águila”, que era distribuidora en todo el país. María Teresa lo alcanzó al poco tiempo, y se casaron en el templo de Corpus Christi, ubicado en el centro de esa ciudad. 
Formaron un matrimonio unido, con el carácter firme de cada uno, al que Dios bendijo con seis hijos: Teresa (Tessy), Carlos, Mayra, Francisco (Paco), Ana Laura (Analú) y Juan Luis. Si bien Don Carlos y doña María Teresa tuvieron un largo proceso de adaptación y de entendimiento, nunca faltó el respeto mutuo, además pudieron distribuir muy bien los papeles dentro del matrimonio: Don Carlos fue siempre el responsable de proveer lo necesario para la familia; aunque no todos los tiempos fueron de bonanza, él siempre tuvo cuidado de que nunca les faltara nada; era tenaz en el cumplimiento de sus deberes, de manera que siempre llevó a casa lo necesario. 

Doña María Teresa –Mariate, como le llamaban su familia y sus amistades– fue una mujer de hogar; cuidaba de sus hijos, y siempre estuvo muy atenta a que los seis cumplieran con las obligaciones propias de su edad, sobre todo que estudiaran y que sacaran buenas calificaciones; además, pudo sabiamente distinguir las diferencias de carácter que sus hijos tenían. 

El legado de una abuela

–¡Ven acá, Carlos, que morirás! –gritaba Tessy (la hermana mayor), mientras jugaban “luchitas”. 

Dos años mayor que su hermano, esperaba que él se rindiera por tener menos fuerza; sin embargo, eso nunca ocurrió, a pesar de que en ocasiones lo dejara sin aire y se pusiera completamente rojo. ¡Jamás se rindió! Carlos mostró desde pequeño un temperamento firme y decidido. Mayra, su hermana, de la convivencia diaria recuerda su tenacidad, su orden y su gusto por el futbol. Participaba desde muy pequeño en un equipo de liga infantil, y era muy bueno narrando partidos, acomodaba los muñecos que había en su casa, los ponía jugar en sus posiciones y hacía muy buenas crónicas del juego, detallando los pormenores.

El kínder al que asistía Carlos se encontraba frente a la casa de la abuela materna, Doña Laura, a quien Carlos le tenía un profundo cariño. A Carlos le costaba volver a su casa, por lo que frecuentemente se quedaba a dormir con Doña Laura. Y fue justamente por la influencia de su abuelita que decidió ser monaguillo en su parroquia. Doña Laura fue una persona clave en la infancia de Carlos. Él la quería tanto, que afirmaba que deseaba ser o doctor o sacerdote; lo primero, para que nunca se muriera su abuelita. Cuando ella murió, Carlos tenía siete años de edad, entonces confirmó que sería sacerdote.  

Tessy y Carlos, que eran los hermanos mayores, tenían una afición común: comprar discos y oírlos en la consola. Carlos siempre mantenía sus “acetatos” ordenados, y tenían que escucharlos por orden para que se desgastaran todos por igual. Si en su familia querían oír una canción distinta a la que sonaba, él los conminaba a esperar a que le tocara nuevamente el turno. Las cosas se hacían siempre como él proponía, y con el tiempo, esa terquedad se convirtió en tenacidad.

Cuando hay vocación

Siendo acólito, los padres Agustinos lo invitaron por primera vez al Seminario Menor, pues veían que se tomaba muy en serio sus funciones de monaguillo. Después de volver de la Iglesia, convocaba a sus hermanos y se ponía a predicarles. Éstos iban dejándolo poco a poco para ponerse a jugar en otras cosas; la única “feligresa” que permanecía fiel era Mayra. Un día, Carlos tomó valor, y dijo a su padre con decisión: “Papá, quiero entrar al Seminario”. “No hijo, estás en primaria, tienes que acabarla y después veremos”. Más adelante, fueron los Claretianos quienes lo invitaron, pues ellos atendían el templo más cercano a su casa. Se repitió la historia con ellos, seguramente porque veían que podía tener vocación. El promotor vocacional insistió, pero Don Carlos fue más enfático en su negativa.

Casi por concluir el sexto año, un sacerdote diocesano preguntó en el aula quiénes querían conocer el Seminario. Carlos inmediatamente levantó la mano. La visita al Seminario confirmó lo que venía creciendo en el interior de aquél niño de 11 años, quien lo manifestó nuevamente a su papá. Éste le dijo: “Te mandaré a la Escuela Militar para que te formes bien y tengas muy buena calidad académica”. El padre de Carlos, cuando era joven quería ser militar, así que esperaba ver ese anhelo reflejado en su hijo. Sin embargo, ante la insistencia de Carlos de querer ir al Seminario, le dijo: “Bueno, como mi padre no me dejó estudiar en el Colegio Militar, no quiero que pase contigo lo mismo que conmigo; vete al Seminario…”. 

Donde se convivía bien, pero se comía mal

El 5 de octubre de 1961, bajo un día soleado, tres adolescentes entraron al Seminario Menor de Tepic: Francisco Robles Ortega, ahora Cardenal de Guadalajara; Mario Espinoza, actual Obispo de Mazatlán, y Carlos Aguiar Retes.

Los padres de Carlos sufrían cada vez que lo iban a visitar, pues a su parecer las instalaciones estaban bastante venidas a menos. Además, era de sobra conocido que el Seminario era un lugar donde se convivía bien, pero se comía mal. Los seminaristas dormían en unos galerones que parecían excesivamente rudimentarios. A diferencia de sus estudios de primaria, los del Seminario eran más complicados, y se inclinaban mucho hacia las humanidades: Latín, Griego, Literatura, Oratoria, Retórica, Arte y Cultura, materias que se impartían bajo el método tradicional de educación, en el que la disciplina era la que imperaba, y el Seminario se empeñaba en aumentarla.

Los seminaristas vivían jornadas muy intensas, intercalaban una hora de estudio con una hora de clase, tanto en la mañana como en la tarde. Pasaban ocho horas seguidas dentro del salón. Fue en este tiempo en que Carlos adquirió el gusto por leer libros, y poco a poco se fue haciendo de una amplia cultura general. Al paso de los años, llegó a leer una gran cantidad de obras clásicas: La Ilíada, La Odisea, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; obras de Tolstoi, Dostoievski o Dickens. Le entretenía mucho leer también libros sobre humanidades, formación del carácter, psicología aplicada, etcétera.

Apasionado de Los Miserables de Víctor Hugo, su lectura continua le ayudó a profundizar en el dolor humano, además de adquirir una amplitud de lenguaje y la capacidad de relatar de forma espontánea, pues aprendió Literatura de manera práctica, sin estudiarla en un sentido formal. Durante las vacaciones, solía invitar a su hermano Paco a los campamentos con los demás seminaristas a un lugar llamado “El Monte”, una pequeña población llamada Rosa Blanca, a dos mil metros de altura en Ixtlán del Río, un sitio lleno de cucarachas, en el que debían dormir en un petate y bañarse con agua fría del río. Mientras todo esto era para los seminaristas motivo de alegría y diversión, Paco realmente lo sufría. 

En medio del estudio de Filosofía, Latín y Griego, Carlos prestaba servicios como enfermero, y llegó a ser bedel del Seminario, cargo que ocupaban las personas que destacaban por su conducta y buen desempeño. A Carlos le gustaba andar en motocicleta –había recibido una como regalo familiar–, motivo por el que le pedían atender las Misas más difíciles; por ejemplo, iba todos los domingos a la Misa de las 04:30 horas en la Catedral, a la que asistían quienes abrían el mercado de Tepic. De manera que su salida cada domingo era a las 03:45 horas. A pesar de que tuvo algunos accidentes por falta de luz, y de que el frío de esa hora le ponía la nariz helada, siempre estuvo en punto para iniciar.

Llegar a vender piñones

En el año 1969, Carlos fue enviado al Seminario de Montezuma, al Norte de Nuevo México, mismo que había sido construido por el Episcopado norteamericano durante la época de la persecución religiosa en México. El total de alumnos era 363, de los cuales, 45 eran provenientes de Tepic. Durante esa temporada invernal, los pinos dieron piñones, que eran muy bien valorados, pues no se consiguen sino cada cuatro años. En sus ratos libres, los alumnos aprovechaban para ir a recoger kilos y venderlos. Gracias a estos ingresos, triplicaron en unas cuantas tardes su cuota de dos dólares mensuales. Les alcanzaba para comprar refrescos para muchos del Seminario, pues una Coca-Cola costaba en ese entonces 15 centavos de dólar.

Carlos siempre fue muy cuidadoso con su estudio, que hacía con disciplina y constancia, aunque se tomaba tiempo para platicar y convivir. Cuando se propuso estudiar inglés, no dejó nunca su lección diaria; posteriormente aprendería italiano, alemán, y, con un método autodidacta, el francés. Al tiempo que estudiaba en el Seminario de Monteuzma –que era un castillo comparado con el de Tepic–, Carlos hacía deportes: futbol, basquetbol, natación y esquí.

El cierre del castillo

Durante esa época, en la Diócesis de Tepic hubo un cambio muy importante: renunció el entonces Obispo, Don Anastasio Hurtado, y su lugar fue ocupado por Don Adolfo Suárez Rivera.  

Desde 1935 ningún sacerdote de la Diócesis de Tepic había ido a estudiar a Roma, pues Don Anastasio Hurtado decía que quienes iban se volvían soberbios, por eso no mandó a nadie. Hasta que Suárez Rivera visitó a los seminaristas de Tepic que se encontraban en Montezuma, y preguntó a Carlos y a Manuel Olimón –que entonces estudiaban el segundo de Teología–, si después de concluir querían hacer un estudio superior. El Seminario de Montezuma cerró en 1972, un año después de que Carlos se ordenara diácono. La Iglesia de Estados Unidos consideró que ya no era necesario subsidiar los gastos de la Iglesia mexicana; adicionalmente, el Concilio Vaticano II sugería que la formación de los seminaristas se hiciera sin apartarlos de su propio ambiente.

Una nueva cosmovisión

Previo a ir a Roma, Carlos se trasladó al Seminario de Tula, Hidalgo, donde cursó el cuarto año de Teología, de 1972 a 1973. Al estudiar Filosofía, unas de las teorías que más le llamaron la atención fueron las de Teilhard de Chardin, jesuita francés –autor de El fenómeno humano y El medio divino, que antes del Concilio era un teólogo prohibido– quien centraba toda su cosmovisión y antropología en Cristo. No sólo casaba la fe con el mundo natural y la ciencia, sino que proponía un tipo de pensamiento optimista, evolutivo, encarnado, lo cual ayudó a Carlos a rebasar la concepción más ritualista y cultualista de la fe, y a descubrir al verdadero Dios creador.

Carlos Aguiar fue testigo del gobierno pastoral del Papa Paulo VI, quien llevó a feliz término el Concilio Ecuménico Vaticano II, acontecimiento que transformó la vida de la Iglesia, que se presentó al mundo como depositaria de una verdad portadora de paz, amor y libertad, en actitud dialogante y con deseos de servir.
 
Cerrar la brecha

Carlos experimentó una de sus experiencias de vida más profundas al constatar el abismo entre lo que la Iglesia vivía y lo que la Iglesia estaba llamada a ser. Así, cerrar esa brecha, para que la Iglesia pueda cumplir su verdadera misión, fue una de sus principales motivaciones para abrazar definitivamente su vocación al sacerdocio. 

El 22 de abril de 1973, en la Catedral de Tepic, el Obispo Adolfo Suárez Rivera ordenó sacerdote a Carlos Aguiar Retes. Su primer destino pastoral fue una vicaría de un templo ubicado en una colonia muy pobre: la capilla tenía techo de lámina y un gran patio interior de tierra. Carlos quiso mejorar las condiciones del recinto. Su mamá y sus hermanas conseguían ropa y ponían un bazar todos los domingos. Tessy, Mayra y Analú iban a recoger las prendas de vestir con sus amigas y las mamás de sus amigas, la seleccionaban, les ponían precio según la calidad, y las vendían. Resultó un éxito; de ahí obtuvieron muchos recursos para construir un salón parroquial y darle mejor presencia a la capilla.

Un día, tras terminar una reunión con sacerdotes, Don Adolfo Suárez mandó llamar a Carlos y a Manuel, y les informó que irían a estudiar a Roma. 

Abriendo nuevos derroteros

Carlos deseaba estudiar Biblia porque quería profundizar en la manera en que la Teología que había estudiado se fundamentaba en la Sagrada Escritura. Así, estuvo viviendo en el Pontificio Colegio Pío Latino y estudiando en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, de 1974 a 1977, durante el Pontificado de Paulo VI. Su formación como biblista le permitió impregnar sus enseñanzas con la frescura del Evangelio. Lo que vio en sus estudios, lo iba asimilando de una manera natural en su vida diaria. 

Al volver, después de haberse graduado con honores en Roma, a sus 28 años, Carlos Aguiar fue designado Rector del Seminario, cargo que desempeñó hasta 1991. 

Creatividad pastoral

Debido al crecimiento de la ciudad de Tepic, el obispo Suárez Rivera vio la necesidad de ampliar las instalaciones del Seminario Mayor, lo cual fue posible construyéndolas en la carretera a Santa María del Oro. El P. Carlos Aguiar reorganizó por completo el Seminario de Tepic; buscó que se incrementara la vida comunitaria, y se combinara con el trabajo físico. Tuvo la idea de que fuera un instituto auto-sustentable, mediante la ordeña de vacas, la elaboración de quesos y el trabajo en distintos cultivos. A partir de entonces, se veía continuamente a los alumnos con Don Carlos, macheteando en el amplio campo u ordeñando en el establo.  

Como Rector del Seminario, a sus 36 años de edad, a Don Carlos le tocó presidir la Organización de Seminarios Mexicanos (OSMEX), labor que llevó a cabo de 1986 a 1990, y asimismo fue nombrado Vocal de la Directiva de la Organización de Seminarios Latinoamericanos (OSLAM), cargo que desempeñó de 1988 a 1991. 

Un pastor todoterreno

El 28 de mayo de 1997 el Papa Juan Pablo II nombró al P. Carlos Aguiar como Tercer Obispo de Texcoco. Eran conocidos sus logros y su prestigio académico, pero nadie imaginaba cuánto haría crecer esa Diócesis, integrada por los municipios del Estado de México que se encontraban al norte y al este del Valle de México. Inmediatamente conformó su equipo de trabajo, organizó sus Visitas Pastorales para conocer la diócesis sistemáticamente, parroquia por parroquia; y en año y medio había recorrido ya toda la diócesis, pueblo por pueblo y capilla por capilla. Como resultado de esta ardua actividad, ubicó perfectamente las necesidades específicas de las comunidades, en las que sobre todo vio una gran oportunidad pastoral, por lo que dio prioridad a la Pastoral Misionera, para acoger y convocar a los recién llegados.  

El 5 de febrero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró Arzobispo de Tlalnepantla. Al llegar a esta Arquidiócesis, Don Carlos Aguiar puso en marcha la Gran Misión que sigue hasta este momento movilizando a más de 40 mil laicos de manera permanente, y ha logrado integrar a las siete diócesis sufragáneas: Cuautitlán, Ecatepec, Teotihuacán, Texcoco, Nezahualcóyotl, Valle de Chalco y Cuautitlán Izcalli.

Durante tres años, Don Carlos Aguiar preparó a la Arquidiócesis de Tlalnepantla para ser una “iglesia en salida” como ha propuesto también ahora el Papa Francisco. En estas misiones ha conseguido que más de mil 500 comunidades estudien los Evangelios con la metodología de la Lectio divina.

Cambio de época

Don Carlos Aguiar Retes es lo que los historiadores llaman un “hombre de época”, y él mismo ha acuñado el concepto de “cambio de época” para referirse a los desafíos pastorales de la Iglesia de los últimos 40 años. “Más allá de teorías e interpretaciones sofisticadas, nuestros jóvenes testimonian que no estamos en una mera época de cambios, sino en un verdadero cambio de época, en el que los grandes referentes de la cultura y de la vida cristiana están siendo cuestionados, afectando la valoración del hombre y su relación con Dios”, afirma el ahora Cardenal.

Él sabe que la Iglesia necesita renovarse para poder hacer frente a los desafíos que presenta el mundo de hoy. El reto está en responder a todas las inquietudes que el mundo tiene de ella. Don Carlos también sabe que no es posible orientar al mundo sin comprenderlo, lo cual exige conocerlo, quererlo e identificarse hasta cierto punto con él, a golpes de proximidad. 

Su nuevo peregrinar

El Papa Francisco lo nombró Arzobispo Primado de México el 7 de diciembre del 2017. Tras suceder al cardenal Norberto Rivera Carrera, se convierte en el trigésimo sexto sucesor de Fray Juan de Zumárraga y custodio de la imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac.
El Card. Carlos Cardenal Aguiar Retes, hará su profesión de fe este 5 de febrero a las 10:00 horas en la Catedral Metropolitana de México, y posteriormente celebrará en la Basílica de Guadalupe la Misa de inicio de su ministerio episcopal en la Arquidiócesis Primada de México; esta Eucaristía se llevará a cabo a las 12:30 horas. 


Tomado del libro Una Iglesia para soñar, de Marilú Esponda.
Escrito y/o Publicado por:

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