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Testimonio de fe
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Testimonio de fe
La Guadalupana salvó a mi hijo
Mi nombre es María Eugenia Rodríguez de Olarte, soy colombiana y tengo tres hijos; el menor, Andrés Felipe, tiene 28 años y trabaja en una multinacional que lo trasladó a El Salvador el 9 de marzo de este año. 
El 20 de junio, Felipe me comunicó que por la noche había tenido fiebre y un fuerte dolor de cabeza. Ignoraba que su salud empeoraría vertiginosamente y que muy pronto sería hospitalizado, sin que en un inicio se pudiera descubrir la causa de su enfermedad. El día 26, Felipe ya estaba en manos de tres especialistas: internista, neumóloga e infectólogo, quienes se mostraban sorprendidos y a la vez preocupados por no encontrar el virus que le estaba provocando la neumonía que finalmente le diagnosticaron. Ante tal situación, decidí viajar a El Salvador; como madre, mi corazón no podía descansar hasta abrazarlo y ver por él. Sé que sólo Dios es dueño de la vida, y le decía que si había decidido llevárselo sólo me permitiera darle los últimos auxilios espirituales y entregárselo yo misma. 
Cuando llegué al hospital lo vi muy demacrado; había perdido 6 kilos en una semana y respiraba con agitación. Al día siguiente fui a Misa a las 7 de la mañana, en la misma parroquia adonde mi hijo iba los domingos, dedicada al Corazón de María. Al oír el nombre de esa parroquia sentí que Nuestra Señora nos protegía; y a petición mía, el padre visitó a Felipe para asistirlo con la Unción de los Enfermos, la Confesión y la Comunión, lo cual me dejó tranquila. Sin embargo, cerca del mediodía la neumóloga me dijo que Felipe sería conectado a un respirador artificial por la cantidad de oxígeno que estaba recibiendo. Al ver la mirada de angustia de mi hijo salí de ahí para que no se percatara de mi llanto. Acompañada de una amiga de trabajo de Felipe, me senté en un andén y lloré amargamente; estaba en un país extraño, así que de pronto me sentí como una niña indefensa y recordé la siguiente frase: “Cuando creemos que todo está perdido, nos queda María”. Oré en silencio a Nuestra Madre pidiéndole su intercesión por mi hijo; yo soy devota a la Virgen de Guadalupe y difundo el apostolado de Consoladores de la Guadalupana, que ora por la conversión de quienes han practicado el aborto. 
De vuelta al hospital, el internista me dijo que la situación de mi hijo se había complicado: el último examen de pulmones presentaba derrame pleural; además, el rango de infección —que aún no se sabía qué lo provocaba— ya era muy elevado y su organismo no reaccionaba con ningún antibiótico. Me armé de valor y pregunté al doctor si Felipe estaba muriendo; él me contestó que existía un alto riesgo de que así fuera. Quedé derrumbada; sólo esperaba la intervención de Dios y confiar en el fruto de la oración de tantas personas y de mi fe.
Como a las cinco y media vi venir al internista muy contento: habían detectado el hongo que originaba la septicemia. Esa misma tarde le empezaron el tratamiento, y a la mañana siguiente Felipe ya comenzaba a restablecerse. “¡Algo admirable!”, decían los médicos. “¡Un milagro!”, decía yo. Y así, regresamos muy pronto a Colombia. 
Días después nos visitó la gerente de la empresa, quien entregó a Felipe una botella en forma de la imagen de la Virgen de Guadalupe, diciéndole que se la mandaba Yéssica y que contenía agua bendita de la Basílica de Guadalupe. Sentí un escalofrío; supe que era un mensaje de la Guadalupana, a quien en el andén le dije: “Madre, me refugio en ti, abrázame que necesito tu consuelo. Sentí que la Guadalupana ahora me estaba diciendo lo que le dijo a san Juan Diego: “¿Qué temes? ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre? 

Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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