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Nuestro Pastor



¿... son pocos los que se salvan?
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Seguro de vida… ¡eterna!

Los martes asisto al Círculo de Biblia del a Parroquia y en esta última reunión alguien hablaba de la suerte que tenemos los católicos de poder asistir a Misa los domingos y de contar con los sacramentos para nuestra vida eterna, después comentó cómo sus vecinos ni siquiera se preocupaban por Dios ni por su vida eterna. Me sonó a algo así como “nosotros los buenos y ustedes los malos”, a algo así como “yo ya compré mi seguro de vida eterna”. Inmediatamente una señora salió a la defensa de los que no van a Misa diciéndonos que entre ellos hay personas buenas que hacen el bien y que entre nosotros, los “buenos” somos muchos los que no hacemos nada. No hacemos el mal, pero tampoco hacemos el bien.

No basta con ir a Misa

Domingo en la tarde, llueve torrencialmente y, de pilón, hay un buen partido de fútbol. Antes de salir a celebrar la Misa, supongo que el templo estará vacío y mi actitud es de comprensión por las circunstancias. Cuando salgo al presbiterio me alegro porque son muchos los que han venido a Misa. Bromeo con ellos acerca de que no les gusta el fútbol y los felicito por asistir a Misa llueva o truene. 

Muchas veces felicito a mis feligreses por ir a Misa, pero cuando promovemos la asistencia a un retiro, o a pertenecer a un grupo, o a una peregrinación y no encontramos respuesta, mi regaño es “no basta con ir a Misa”

Vamos a Misa los que recibimos como herencia el amor a la santa Misa, o los que creemos todavía que faltar a Misa es pecado grave (que sí lo es, por cierto). Pero, para muchos de nosotros los católicos, allí termina nuestra profesión de fe y nuestra práctica cristiana. Asistimos a Misa, pero no pertenecemos a la comunidad parroquial, no tenemos ningún apostolado, no nos preocupamos por conocer más nuestra religión.
Los que no van a Misa

Dios nos libre de decir que los buenos católicos no hacemos caridad. Como muestra tenemos el infinito número de buenos laicos comprometidos en obras de servicio y de amor al prójimo, generosamente, sin obtener ninguna ganancia. Su caridad está alimentada por su fe.

Pero tenemos que reconocer y admirar a los que, aparentemente sin que les preocupe su fe, hacen el bien de una forma ejemplar. Dios se lo pagará sin duda alguna y el pago será en vida eterna, aunque ni siquiera crean en Él.
El amor es el único examen que tenemos que aprobar para entrar al cielo.

La puerta estrecha (Lc 13, 22-30)

Jesús nos dice que al cielo hay que entrar por la puerta estrecha, no hay otra. En cambio, para el infierno la puerta es muy ancha y cómoda.

La puerta angosta significa el esfuerzo, la disciplina, la constante renuncia a nosotros mismos y a nuestros gustos por los valores del Reino. Seguir a Jesús es difícil porque Él exige una libertad plena que tan sólo se logra cuando somos capaces de dejar atrás lo que nos esclaviza. Para viajar con Él hay que hacerlo muy ligeros de equipaje, de preferencia sin nada.

¡Cuesta trabajo conseguir el Reino!

Un programa de vida

No hay seguros de vida eterna. No podemos cumplir con algunas prácticas religiosas y después sentarnos a esperar que iremos al cielo sin mayor esfuerzo.

Usar el escapulario del Carmen o la medalla de san Benito no nos garantizan la salvación. Vivir de acuerdo con lo que significan, sí.

Comulgar 9 viernes primeros en honor del Sagrado Corazón de Jesús no nos garantiza que nos salvaremos. Un solo acto, una sola comunión, hecha con verdadero amor, sin intereses egoístas, tendrá su recompensa en el cielo.

Ir a Misa todos los domingos no basta para salvarnos. Celebrar en esa Misa dominical nuestra fe expresada en obras de amor, sí.

Me acuerdo de una canción de protesta de los años 70 que decía: “No, no basta rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”, y es muy cierta. La oración sólo tiene sentido cuando expresa toda una vida de amor.

La salvación depende de un programa de vida en el que nuestra fe en Dios y nuestro amor a Él se manifiestan no sólo en una vida recta en la que evitamos hacer el mal, sino también en un continuo hacer el bien, comenzando con las personas que amamos y siguiendo con aquellas a las que deberíamos amar porque son, también, nuestros hermanos.

Si no hemos sido educados desde nuestra infancia para saber ser generosos y para pensar siempre en el bien de los demás, es el momento de iniciar nuestra educación, y toda educación exige estudio y práctica constante de lo aprendido. 

El Maestro es Jesús que nos enseña que se conocerá que somos sus discípulos en que nos amemos unos a otros como Él nos amó.
Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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