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Católicos renuevan en Catedral su fe durante la Semana Santa
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Católicos renuevan en Catedral su fe durante la Semana Santa

 

DLF Redacción

 

DOMINGO DE RAMOS

“Proclamemos nuestra fe en Cristo”

La Arquidiócesis de México llamó a los fieles a asumir un auténtico papel protagónico durante la Semana Santa que recién concluyó, al participar en la serie de celebraciones presididas por el Sr. Arzobispo de México, cardenal Norberto Rivera Carrera en la Catedral Metropolitana de México, y poner en práctica las enseñanzas adquiridas en la llamada Semana Mayor, que comenzó con el Domingo de Ramos, donde el Sr. Cardenal recordó a los fieles que Jesús sabía que en Jerusalén iba a ser crucificado, sin embargo, “Cristo les sigue proclamando el mensaje del Padre y continúa realizando ante ellos signos de salvación”.

Muchos fieles acudieron al primer templo arquidiocesano para llevar a bendecir sus palmas, donde el Sr. Cardenal los invitó a reflexionar sobre el simbolismo de éstas, que va más allá de un simple recuerdo que se lleva a casa, pues implica reconocer a Jesús como rey: “El mensaje de salvación personal y comunitaria que Cristo nos hace al entrar a su Pasión. Jesús, El Mesías, El Salvador, ha sido enviado a todos y busca a todos: sabe muy bien que en Jerusalén están sus enemigos y va a su encuentro, porque aunque ellos busquen eliminarlo, Jesús no es enemigo de nadie”, explicó.

Más aún, recalcó el Sr. Card. Rivera en su homilía: “A los que considera sus enemigos, Cristo les sigue proclamando el mensaje del Padre y continúa realizando ante ellos signos de salvación”. Ahora bien, les explicó que “la alegría de las palmas lleva consigo la mezcla de la amargura por el desconocimiento y el odio hacia Cristo. Mientras el pueblo sencillo grita: “¡Hosanna!”, porque está convencido de que la esperada salvación está llegando en Jesús, hay quien no alcanza a comprender y reduce a Cristo a un simple profeta que viene de Nazaret”.

En su homilía, distinguió la aparente contradicción entre la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y la Pasión, donde se describen los dolores y la muerte del Salvador, y que puede comprenderse mejor si se entiende el mesianismo de Jesús, y si se precisa en qué consiste la misión que el Padre le encomendó al Salvador.

 

“Su reino no es de este mundo”

Marcó la diferencia entre lo que el Pueblo escogido alimentó por siglos sobre la idea de que el Mesías tenía que ser un representante divino, glorioso, no sólo en lo religioso sino también lo político, social, y aun en el aspecto militar. Pero, “El mesianismo de Jesús es totalmente ajeno a esta concepción, pues su horizonte no es el triunfo personal ni la conquista política y social, y mucho menos el dominio por la fuerza. Su mesianismo va a lo profundo del ser humano, a salvarlo del pecado, a liberarlo de toda clase de esclavitudes, a darle trascendencia llevándolo hasta la vida eterna”.

De ahí que: “Con claridad Jesús ha proclamado que: ‘Su reino no es de este mundo’, para acentuar que sus objetivos son muy distintos a los de los soberanos terrenos. Zacarías lo ha profetizado como ‘Rey humilde y pacífico’, caballero de un borriquillo, profecía que vemos se ha cumplido literalmente el Domingo de Ramos, ya que el triunfo de Cristo es paradójico, pues no se trata de una entrada en la ciudad conquistada gracias a carros de combate, sino a una victoria que va a nacer de la aparente derrota en la Cruz”.

Por ello, hizo un llamado a los fieles: “Proclamemos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado. Proclamemos hoy el amor que nos salva y que genera en nosotros amor. Todos los cristianos, siguiendo a Cristo principio de vida, en la alegría y en el sacrificio de nuestra vocación, mediante nuestro amor fiel, podemos convertirnos en testigos del misterio de amor que el Señor ha revelado al mundo con su muerte y resurrección.

 

JUEVES SANTO

“Violencia, pobreza y corrupción, hieren a Cristo”

Transcurrieron los primeros días santos (Lunes, Martes y Miércoles) de la llamada Semana Mayor, donde se llevaron a cabo los rosarios vespertinos en la Catedral Metropolitana de México como preludio a las actividades del Jueves Santo, que marcaron el inicio del Triduo Pascual con la Misa Crismal presidida por el Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, acompañado por sus Obispos Auxiliares, Vicarios Episcopales, los venerables cabildos Metropolitano y de Guadalupe, y presbíteros.

Al acudir a renovar las promesas sacerdotales, el Sr. Cardenal les hizo la petición, al igual que a la Iglesia en su conjunto, a que no permanezcan indolentes ni indiferentes ante el sufrimiento del pueblo, sobre todo en un país que parece no tener esperanzas, crucificado por la pobreza, la violencia y la corrupción, porque son “tres clavos que se hunden al fondo de la carne de Cristo”.

En su homilía, el Card. Rivera Carrera llamó a todo el presbiterio a seguir el modelo del Papa Francisco y de sus antecesores Juan Pablo II y Juan XXIII, quienes serán canonizados este 27 de abril, fiesta de la Divina Misericordia, para vivir su ministerio siempre disponibles, pacientes y misericordiosos, saliendo al encuentro de los alejados, los pobres, los enfermos y los más necesitados.

“No olvidemos, queridos hermanos en el ministerio sacerdotal, que al ser crismados fuimos hechos alter Christus, fuimos ungidos para anuncia la Buena Nueva a los pobres, curar los corazones afligidos, para dar la libertad a los cautivos, consolar a los desolados, cambiar las lágrimas en aceite perfumado de alegría, el abatimiento en cánticos, y para anunciar el año de gracia del Señor”, también les solicitó.

Su ejemplo –dijo–  “es una obligación evangélica” frente al dolor de tantos que han sufrido la pérdida de sus seres amados, la desintegración y separación de sus familias, la pérdida de la paz y la seguridad que no garantiza el Estado”, porque “la Iglesia, si quiere ser fiel a su Señor, no puede permanecer ni indiferente ni indolente ante el sufrimiento de nuestro pueblo, si así lo hiciera, se perdería a sí misma”.

También los exhortó a seguir el ejemplo de Juan XXIII, quien “con su bondad conquistó al mundo, el Pastor que nunca se cansó de buscar e implorar la paz, y que trabajó por las unidad de los cristianos”.

“Y a nuestro muy amado Juan Pablo II, pastor infatigable, devoto ferviente de la Morenita, como le gustaba llamar a la Virgen de Guadalupe, quien el 26 de enero de 1979, en esta misma iglesia Catedral, celebró su primera Misa en tierras mexicanas y acuñó la frase: ‘México siempre fiel’”, continúo.

El Arzobispo de México compartió con el presbiterio y fieles laicos que participaron de la celebración que marca el inicio de Triduo Pascual, su participación en la ceremonia de canonización de los dos Pontífices, “ahí estaré en Roma haciéndolos presentes a todos ustedes, encomendándolos a la intercesión de estos dos grandes y santos pastores”.

Al pueblo de Dios le agradeció por su cercanía y cariño “porque pese a nuestras miserias, siguen viendo en nosotros a Jesús”, y le pidió “no nos dejen solos, no dejen de rezar por nosotros, pidan a diario a Dios que nos haga pastores según su corazón”.

Como ya es tradición, durante la Misa Solemne, también llamada “fiesta sacerdotal”, el Card. Rivera Carrera bendijo los Santos Óleos que se utilizan para los Sacramentos durante todo el año en las diferentes parroquias de la Arquidiócesis de México.

 

Cinco nuevos canónigos para Catedral

El mismo Jueves Santo, en el marco de la Misa Crismal, el Card. Norberto Rivera Carrera presentó oficialmente a cinco nuevos canónigos de la Catedral Metropolitana de México. Se trata de los presbíteros: Hugo Valdemar Romero, José de Jesús Aguilar, Julián López Amozurrutia, Ricardo Valenzuela y Francisco René Espinosa.

A quienes se dirigió: “Es mi deseo que se unan a mi ministerio en el culto sagrado, el gobierno, la administración y la atención pastoral de nuestra Iglesia madre; más que un honor –que lo es–, es un compromiso de servicio a nuestra Iglesia arquidiocesana”, manifestó el Sr. Cardenal.

Seguidamente los cinco nuevos canónigos recibieron su nombramiento y cada uno hizo su profesión de fe, para reiterar su fidelidad a la Iglesia, a su doctrina y, sobre todo, para comprometerse debidamente con el encargo encomendado. Después hicieron el juramento de cumplir con diligencia las tareas que se les encomienda en la Catedral Metropolitana de México, entre ellas, celebrar la Liturgia de las Horas con miras a la santificación del pueblo, la celebración Eucarística y el trabajo pastoral.

Posteriormente, el Card. Rivera Carrera les hizo entrega de los símbolos de su nueva dignidad de canónigo: la muceta que significa la prontitud del servicio ministerial que realizarán en la Santa Iglesia Catedral y una medalla con la imagen de nuestra Señora Asunta a los Cielos (patrona del templo).

Para finalizar, el Arzobispo de México designo a cada uno de los Señores Canónigos su lugar en el Coro Catedralicio. El nombramiento del Sr. Arzobispo se basa en la potestad que le confiere el Código de Derecho Canónico de “conferir las canonjías tan solo a sacerdotes que, destacando por su doctrina e integridad de vida, hayan desempeñado meritoriamente su ministerio”.

 

LA MISA DE LA CENA DEL SEÑOR

“La Iglesia no puede entenderse sin la Eucaristía”

Por la tarde del Jueves Santo, el Sr. Card. Norberto Rivera Carrera presidió la Misa de la Cena del Señor en la Catedral Metropolitana de México, con la que se recuerda la Institución de la Eucaristía, y explicó que la Iglesia no puede entenderse y “no puede edificarse si no es en torno a la Eucaristía, es decir, en torno a Jesucristo vivo, presente en el pan y en el vino”.

En su homilía, el Card. Rivera aclaró que esta celebración no es invención humana ni fruto de la evolución de un rito, sino institución de Cristo, y que para los bautizados debe ser la celebración de su propia Pascua: “paso de la muerte a la vida, paso de las tinieblas a la luz, paso de la esclavitud a la libertad”.

Agregó que, así como Cristo dijo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo que se ofrece en sacrificio por ustedes”; los cristianos debemos decir: tomen mi tiempo, mi amistad, mi atención, mis capacidades, mi alegría, lo pongo a su disposición, para que tengan vida, para que crezcan, para que se desarrollen, para que puedan resucitar”, pues “solo así celebraremos la Eucaristía y lo que esta significa”.

Como es tradición, durante la celebración Eucarística, el Sr. Arzobispo lavó los pies a doce seminaristas como un gesto de amor y servicio al Pueblo de Dios, y al término de la Misa realizó la procesión con el Santísimo Sacramento hasta el Altar de los Reyes.

Cientos de fieles hicieron lo propio una vez que se permitió el acceso al mismo altar en el marco de la tradicional “Visita de las Siete Casas” cuyo recorrido, como ya es costumbre, inicia en la Catedral de México, y continúa en otros templos del Centro Histórico.

 

VIERNES SANTO

“La cruz de Cristo nos libró de la muerte”

Al día siguiente, se realizó la conmemoración del Viernes Santo en la Catedral, celebración definida por el Sr. Card. Norberto Rivera Carrera como un momento litúrgico particularmente intenso y conmovedor en donde se privilegió la contemplación y el silencio ante el misterio. “Escuchemos lo que Cristo nos dice desde lo alto de la cruz: ‘Ustedes que van por la calle, levanten la mirada y vean si hay un dolor tan grande como el mío’”.

Durante esta conmemoración, que es considerada una de las principales celebraciones de la Semana Santa en la Iglesia Católica por ser el día en que se recuerda la Muerte de Jesús de Nazaret, se llevó a cabo la proclamación del relato completo de la Pasión según san Juan, cuya lectura es realizada por varios participantes.

Más tarde, indicó: “San Pablo nos ha dejado un resumen magistral del misterio pascual que contemplamos: ‘Hermanos... yo les he transmitido lo que yo mismo recibí, que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras, y Cristo Jesús fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación’”.

De acuerdo con lo pronunciado por San Pablo, “podemos percibir claramente dos niveles distintos y complementarios. En primer lugar, anuncia lo que es el acontecimiento, lo que es historia: Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado. En segundo lugar, nos descubre el significado del acontecimiento: por nuestros pecados, para nuestra justificación”.

Explicó que: “El misterio pascual que estamos celebrando, antes de ser un misterio, es una realidad histórica. Este Viernes Santo detengámonos un poco a contemplar algunos de los pasajes de la Pasión y dejémonos, como san Francisco, sumergir y hundir en la meditación para impresionarnos por los estigmas del Salvador”.

A continuación, el Sr. Arzobispo de México presentó unas breves reflexiones sobre la agonía en Getsemaní y sobre la flagelación, para tratar de explicar el dolor y el sufrimiento espiritual y corporal de Jesús, y recordó cómo muchos seres humanos han experimentado momentos de angustia, de miedo, de abandono, de desprecio, “todo aquel que haya vivido momentos de oscuridad, en donde se pierde el vacío de la existencia y lo absurdo de todo lo que nos rodea, quizá pueda alcanzar a comprender algo de la angustia de Getsemaní, ya que ahí está Jesús”.

Señaló que aun cuando las penas y sufrimientos espirituales siempre serán más desgarradores y profundos que los dolores físicos, describió que el sufrimiento corporal de Jesús fue aún mayor que recibir los treinta y nueve azotes que marcaba la flagelación reglamentada por los judíos, porque luego vino la coronación de espinas, el cargar la cruz y ser crucificado.

Pero Jesús no quiere nuestra compasión por Él: “No lloren por mí, lloren más bien por ustedes mismas”, les dice Jesús a las mujeres en el camino al Calvario. Sobre esto que dijo el Salvador, el Sr. Cardenal indicó: “¿Por qué debemos llorar por nosotros mismos?, porque si el Señor ‘Ha muerto por nuestros pecados’, y ‘ha resucitado para nuestra justificación’. Así la Pasión y la Muerte de Jesús se convierten en anuncio de salvación para todos los creyentes”.

Por ser una de las conmemoraciones más importantes de la Semana Santa, el Sr. Cardenal elevó plegarias porque: “esta tarde sea para nosotros, tarde de silencio contemplando al crucificado, tarde de oración y de plegaria ante nuestro sumo sacerdote suspendido entre el cielo y la tierra, tarde de adoración y agradecimiento a Jesús que por su cruz nos ha librado de la muerte, tarde de silencio y acompañamiento junto a María que nos dio tal redentor, tarde de esperanza porque nuestra Semana Santa no termina en viernes de sepultura sino en Domingo de Resurrección”. El Sr. Cardenal así como los señores canónigos, presbíteros, seminaristas y fieles, se inclinaron ante la cruz por ser “símbolo de vida y esperanza”.

 

VIGILIA PASCUAL

“Amemos la luz como verdaderos cristianos”

Se realizó la Vigilia Pascual el Sábado Santo por la noche, celebración presidida por el Sr. Card. Norberto Rivera, quien pronunció una homilía donde cuestionó: “¿Estamos dispuestos a vivir la Pascua como espejos de la Luz de Cristo, ser hombres nuevos que tienen rostro de resucitados, y hombres robustos que se alimentan con el Pan de la Eucaristía?”

En esta conmemoración que dio inicio en la noche sabatina en la Catedral Metropolitana de México, el Sr. Cardenal explicó en su homilía que “Cristo Resucitado nos inunda con su Luz y Fuego, ahuyentando la oscuridad de nuestros pecados; se hace Palabra, recordándonos la historia de la salvación; nos invita a lavarnos y purificarnos con el agua que brota de Su Costado, renovando nuestro Bautismo y nuestro compromiso de vivir como hijos de la luz; y, finalmente, nos lleva a la mesa de Eucaristía donde nos hace participar del banque de su vida divina y resucitada en nuestra alma”.

Indicó que el Sábado Santo es la ocasión en que todos los creyentes se unen a la Iglesia junto al sepulcro del Señor para meditar su Pasión y Muerte, pero no se celebra el Santo Sacrificio de la Misa mientras que el altar permanece desnudo. Esto es en razón de que “la liturgia ha querido hacernos sentir, con toda la fuerza, el vacío de la ausencia de Cristo”. Por ello, es el “Día del Gran Silencio”, como señala en su enseñanza el Sr. Cardenal.

La desolación es previa a la Vigilia Pascual, “que  la Vigilia Pascual nos inunda con la densa presencia del Señor resucitado, que emerge con toda Su fuerza divina y luminosa de las honduras de la muerte para arrastrar tras sí a todos los que han de participar de la verdadera vida, que no puede extinguirse, y que desde la tierra se proyecta a la eternidad”.

Es así como “Cristo resucitado es Luz que ilumina los rincones de nuestra historia y de nuestra vida personal, y nos hace pasar de las tinieblas del pecado y de la muerte a la luz de la gracia y de la vida. Iluminados en y con la luz de Cristo Resucitado, Dios nos habla y nos cuenta las maravillas que hizo desde los orígenes del mundo por todos nosotros, para que escuchando nos llenemos de gratitud y confianza”.

Se considera también que es un día en que se renuevan las promesas del Bautismo, porque “nos hace sus hijos, signados con la señal de la cruz y con el óleo perfumado de Dios. Esa fuente bautismal nos recuerda a todos hoy que hemos renunciado a Satanás y a sus engaños y mentiras, y que hemos profesado nuestra fe en Dios. Ya hijos nos invita a la mesa para alimentarnos con el Pan de Vida y de Inmortalidad, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”.

Habló acerca de que los cristianos lleven la luz a todos lados: “la Resurrección de Cristo nos compromete a ser cristianos que caminemos en la luz, a ser cristianos que amemos la luz, a ser cristianos que nos dejemos iluminar por la luz de Cristo y trasmitamos esa luz a todos los rincones: a nuestra casa, a nuestra oficina, a nuestra facultad. Nos compromete a defender esa luz en nuestra vida con nuestras palabras y nuestro testimonio”.

Invitó a la comunidad a que, como cristianos, “llevemos la Palabra de Dios a nuestro alrededor. Leamos la Palabra de Dios en Familia. Meditémosla en grupos. Llevémosla allá donde nadie llega, mediante el apostolado. Llevemos con orgullo esta vida nueva y libre, marcada con la cruz santificadora y salvadora de Cristo y con el óleo perfumado de Dios que recibimos el día del Bautismo”.

Todo cristiano tiene muchas oportunidades de llevar la luz, porque “¡Cuántos rincones esperan el buen olor de Cristo a quienes debemos llevar con nuestra presencia, con nuestra palabra, con nuestro testimonio honesto y justo!”, concluyó.

 

DOMINGO DE PASCUA

“La humanidad necesita encontrar a Cristo”

Las conmemoraciones del Domingo de Pascua marcaron el final de la Semana Mayor, mediante la ceremonia encabezada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, quien se dirigió nuevamente a la comunidad para invitar a los fieles a hacer la profesión de fe de santo Tomás, “porque la humanidad espera de los cristianos un testimonio renovado de la Resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre”.

Esta festividad, también llamado Domingo de Resurrección, está considerada como la más importante del cristianismo donde se conmemora la resurrección de Cristo al tercer día después de la crucifixión, y marca el final de la Semana Santa, pero también el inicio del periodo de 50 días de Tiempo Pascual, que finaliza con la celebración del Domingo de Pentecostés.

Durante la Misa de Pascua celebrada en la Catedral Metropolitana de México, el Sr. Arzobispo afirmó que la resurrección de Cristo “es el fundamento de la fe y la esperanza cristiana”. Recordó al Apóstol Tomás, quien no creyó el testimonio que dieron los otros apóstoles, cuando se les apareció en el Cenáculo. “Ocho días después, Jesús vino por segunda vez al Cenáculo le dijo: ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y ¡no seas incrédulo sino creyente!’ La respuesta del apóstol es una conmovedora profesión de fe: ‘¡Señor mío y Dios mío!”

El Sr. Cardenal invitó a los fieles a renovar la profesión de fe de Tomás, “porque la humanidad espera de los cristianos un testimonio renovado de la Resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros.”

El cardenal Rivera señaló que “el Señor resucitado ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación”, ya que “cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás. El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes, la violencia, la crisis. No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta útil, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. ¡Cuántas heridas, cuánto dolor en el mundo! No faltan calamidades naturales y tragedias humanas que provocan innumerables víctimas e ingentes daños materiales”, dijo.

Añadió: “A través de las llagas de Cristo resucitado podemos ver con ojos de esperanza estos males que afligen a la humanidad. En efecto, resucitando, el Señor no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido en la raíz con la superabundancia de su gracia. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como vía para la paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte. Que os améis unos a otros –dijo a los Apóstoles antes de morir– como yo os he amado”.

Finalmente, afirmó que “Cristo resucitado está vivo entre nosotros, Él es la esperanza de un futuro mejor. Mientras decimos con Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”, resuena en nuestro corazón la palabra dulce pero comprometedora del Señor: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

 

Escrito y/o Publicado por:

"Desde la Fe" Redacción
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