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Editorial: Ciudad vegana
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Las discusiones sobre la integración del proyecto de Constitución de la Ciudad de México han reunido múltiples iniciativas para escuchar la opinión de diversos sectores y grupos sociales a fin de que “todos quepan” en un documento que, a decir de los especialistas, será un catálogo de ideales basados en el consenso para satisfacer a grupos minoritarios, favoreciendo ideologías y aberraciones que rebasarán lo estrictamente jurídico e impondrán lo político.

La famosa carta de los derechos de la Ciudad de México tiene más lagunas que justos reconocimientos de los derechos fundamentales de acuerdo con lo establecido en la Constitución General de la República y los Tratados Internacionales de los que nuestro país es parte. A pesar de que se afirma la inclusión de todos, esto es falso totalmente; así quedó demostrado desde el instante en que fueron desechados de un plumazo los proyectos legislativos que organizaciones de la sociedad civil y activistas sometieron a consideración de la Asamblea Constituyente para establecer el derecho a la vida desde el momento mismo de la concepción, que serviría de columna vertebral para la nueva Constitución.

Los diputados abortistas de izquierda ponen por delante las consideraciones hechas por los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, afirmando las falacias de libre determinación de la persona y el derecho a elegir de las mujeres bajo el eufemístico nombre de “interrupción legal del embarazo”. Bajo esta óptica, el bodrio de Constitución tendría por inaceptable este derecho a la vida por ser contario a la “sentencia” de la Corte, además de ser uno de los “logros democráticos” del sistema abortista de la Ciudad de México.

Las incongruencias son manifiestas cuando, en esta deconstrucción jurídica, los diputados constituyentes quieren dar vía libre al reconocimiento de derechos a “animales no humanos” para defenderlos como seres sintientes, con prerrogativas jurídicas, sujetos de consideraciones morales, con un capítulo en la carta de derechos por “tener dignidad inherente”. De acuerdo con los activistas y promotores, los animales “son habitantes de la ciudad y la parte más vulnerable de la sociedad”.

Resulta más desconcertante que una Constitución privilegie falsos derechos a animales e ignore al embrión humano como persona, sujeto de derechos y de potenciales obligaciones, relativizando su existencia y poniéndolo en calidad de cosa que puede ser desechada por árbitros caprichosos que rayan en la crueldad al usar métodos de descarte para infligir dolor a quienes no pueden opinar y repeler una agresión calculada y premeditada. Irónico será poner al mismo nivel de las personas a los animales. Eso, lejos de hacer de ésta una Constitución “de avanzada”, demuestra el populismo desmesurado y esquizofrénico de los liberales de izquierda, dando un paso adelante y dos hacia atrás. A este ritmo será delito el consumo de carne para la alimentación humana, condenando a la ciudadanía a vivir, por decretazo, en la Ciudad vegana.

Si la Constitución de la Ciudad no consagra el derecho a la vida de la persona, carecerá de legitimidad, no será auténtica y por lo tanto injusta e inmoral; el verdadero fracaso de lo jurídico, es que pudo ser suplantado por ideologías colonizadoras, negadoras de la dignidad humana, que pugnan por hacer de la capital del país el paraíso de la cultura del descarte y de la muerte. Nadie está obligado a seguir una norma injusta, porque respetar la vida es custodiar a la humanidad misma.
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"Desde la Fe" Redacción
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